Ya dije que las metáforas son peligrosas. El amor empieza por una metáfora. Dicho de otro modo: el amor empieza en el momento en que una mujer inscribe su primera palabra en nuestra memoria poética. Milán Kundera
6.1.10
Remembering ;
XI
Tenues lágrimas habían empezado a correr por mis mejillas, no las sentía, no identificaba el usual nudo en la garganta pero sabía que allí estaban, bajando por mis rostro y perdiéndose en mi cuello. Todavía me hallaba con la mirada baja y no me atrevía a mirarlo a los ojos para evitar el momento en el que él querría consolarme. La ráfaga vertiginosa de preguntas y dudas que me asolaban tiempo atrás ya no existía, mi mente se sentía embotada, cansada, perdida.
Cuando intentó empezar a secarme las lágrimas suavemente con una mano, sentí en mí aflorar cierto renacer, cierta incomodidad ante su cauteloso roce.
- ¿Por qué lloro? – mi voz resonó fortalecida entre las paredes blancas de aquella habitación oscura. Él me sonrió a la vez que intentaba interceptar mi mirada con gesto dubitativo.
- Es usual… Entiendo el impacto que puede tener una noticia así – su tono era insensible y lejano, parecía estar reprimiendo el instinto invencible de abrazarme como si fuera la primera vez.
- No… - le respondí casi impaciente - ¿Por qué aún puedo llorar y sangrar, sentir dolor, desesperación, amor…? ¿Por qué vos y yo somos aparentemente los mismos?
Lo vi palidecer paulatinamente a la vez que se levantaba de la cama y miraba por la ventana, seguían cayendo algunas gotas que se confundían con el rocío de la noche.
- Siempre te ha gustado la lluvia
- Siempre – le contesté con la voz apagada y con el semblante teñido de confusión.
Se volteó repentinamente con una sonrisa esperanzada dibujada en el rostro y sin más explicaciones que un “vamos a ella” me tomó de la mano y haciendo caso omiso a mis vendajes me levantó de un tirón fuera de la cama y me llevó hacia la puerta.
Ya afuera sentí el contacto sanador de mi piel con el agua y la seguridad de tener mis pies apoyados en el barro.
A cada paso que dábamos podía sentir cada vez más al viento atravesarme y agitarme el vestido blanco, podía oler la lluvia y el mar como una sola, podía verme a través de mis ojos, y podía pensar sin sentir. Pensé en mi cuerpo, no en aquél que disfrutaba el caminar fuertemente sostenida de él, agarrada a su cintura, sino en el que había dejado atrás, el que ahora debía lucir pálido, inexpresivo y duro, el que estaba en esa playa…
- Llegaremos hasta el límite – exclamó de repente mientras me miraba – No debe estar muy lejos.
- ¿La playa donde me encontraste está dentro de él? – me pareció inverosímil apenas lo pronuncié, era imposible que me hubieran invitado a una fiesta dentro de los límites donde él vivía, donde yo moriría.
- No… de hecho la única vez que pude llegar hasta allí fue para buscarte – parecía haber perdido fuerzas, supuse que allí me quería llevar, allí, donde yo también quería ir.
Podíamos verla desde allí, tan sumida en la noche como cuando la había dejado, pero tan lejana aún. Me pregunté que perderíamos con desafiar a ese límite del que no sabíamos nada.
Sin decirnos nada seguimos caminando infinitamente, sin mirar atrás y sin volver a pensar en todo aquello. Hasta que llegamos.
- Vamos – le dije en un susurro mientras miraba hacia la playa
- Vamos – me sonrió a la pos de infundirme confianza.
Sin voltearnos dimos un paso al frente y cruzamos el límite.
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