Había decidido que los volados no le gustaban tanto. Sin pensarlo y sin gastar tiempo y energías en buscar una tijera y sentarse en el sillón de coser arrancó cada uno de aquellos despreciables voladitos rosas del que solía ser su vestido preferido así como también todos aquellos detalles de nice girl que tenía diseminados por toda su estructura. Ella era la de adentro del vestido, no conocía a la otra, a la de las palabras dulces y la mirada de ángel.
Miró el resultado de su mutilación con satisfacción y sonrió de costado mientras dejaba entrever sus dientes blancos. Había eliminado el detalle cliché que más había detestado a lo largo de todas aquellas tardecitas de tertulia de barrio, de placer banal y pueblerino de coser con Amalia y sometiéndose a la mirada de reproche de su tía Herminda que monitoreaba cada uno de sus movimientos en la máquina de coser como una Superiora de convento.
Descartando los recuerdos aquellos se levantó de un salto y guardó cuidadosamente en el placard a su creación, para tomar un vestido sencillo negro con cuello que se había comprado a escondidas. Corrían los sesenta y ella estaba obsesionada con las revistas en donde se veían las creaciones de Coco Chanel y con Desayuno en Tiffanys's. Ya le había avisado a su madre que quería ser como ella, como Audrey.
Se colocó el vestido con cuidado y los zapatos de taco también negros. Sólo le faltaban los anteojos. Los tomó prestados de la repisa de su prima y salió al aura. Nadie podía verla, y de todos modos no la hubieran reconocido.
Ya dije que las metáforas son peligrosas. El amor empieza por una metáfora. Dicho de otro modo: el amor empieza en el momento en que una mujer inscribe su primera palabra en nuestra memoria poética. Milán Kundera
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