La vida se reducía a cenizas y a nada en mí, se me escurría entre los dedos y resonaba en mis oídos como una amenaza. Estaba sola, y quizás abandonada por mí misma en la ciudad de las ánimas, paraíso ausente de almas perdidas, tierra de nadie. Estaba en mi casa, así como lo hacía 40 años atrás, sentada en el sillón mirando hacia la ventana, ya sin ver, nunca parecía haber nada importante.
Todo estaba inmóvil y la casa relucía en penumbras, la luz tapada por cortinas; "cosas de vieja" hubiera dicho algún nieto de los que podría haber tenido. Mirando levemente hacia atrás me levanté despacio, sólo para recorrer en un asalto de nostalgia y arrepentimiento los rincones olvidados de la casona de mis padres.
Tal vez el living haya sido lo más significativo, el lugar más impersonal y doloroso, el sitio para terceros, donde los niños no podían escuchar. Tal vez el lugar donde mi padre había firmado su sentencia de muerte. Aunque el dormitorio también era algo especial...aún viéndolo todos los días, con los ojos entrecerrados y la parsimonia del sueño, era innegable la presencia de algo materno allí, el recuerdo, el esbozo, de mi madre, de sus años de salud y fe, de su devota convicción de que su hija era un tesoro.
Allí, en esa casa estaba toda mi vida, cada momento penoso y glorioso del ayer, cada duda y certeza de lo que soy hoy.
Llegando al vestíbulo,
"¿Quién se casaría con su hija señor?" me pareció escuchar en ecos que la historia repetía sin cesar: "No parece tener las condiciones mínimas de una dama señor"
Y ese llanto al fondo de niña en pena.
Ella estaba llorando, podía oírla, sabía que al fin había llegado.
- ¿Hola?
En el rellano de la escalera, con Gilberto el Oso en la mano y ese vestido de puntillas blanco lloraba inconsolablemente mientras sus piernas permanecían muy cerca de su cara, balanceándose una y otra vez.
"Señor, tiene que acompañarme" Ecos.
La abracé y el tren roto en el suelo pareció dar su último suspiro de vida con una sorpresiva bocanada de humo y se extinguió en mi brazos, llorando deshilachada y yo sabía. Su llanto era mío, la niña era yo mientras me deshacía con ella, y me llevaba en lágrimas y con Gilberto hacia atrás. Antes de 1946, antes de todo y de mí.
Ya dije que las metáforas son peligrosas. El amor empieza por una metáfora. Dicho de otro modo: el amor empieza en el momento en que una mujer inscribe su primera palabra en nuestra memoria poética. Milán Kundera
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