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19.8.14

Errante XIV

 
- Hola, Ari - dijo Santino alargando la 'o' pesadamente. Se lo escuchaba cansado y desmotivado. Ariana no lo notó inmediatamente, porque ella misma se sentía también de esa manera. Los días le resultaban aplastadoramente aburridos desde que Santino no estaba con ella.
Y no tenía sólo que ver con su ausencia. Intentaba llenar todos los espacios vacíos de su día (desde que salía del trabajo a las tres de la tarde hasta que se iba a dormir) y ello le resultaba una tarea particularmente agotadora. Se había inscripto a yoga los martes y jueves y los viernes por la tarde iba a tomar algo con sus amigas. El resto de los días sólo se dedicaba a limpiar aquí y allá el departamento que cada vez le resultaba más grande, pasar tiempo con Fito, su perro caniche, y hablar con su madre por teléfono.

Las mujeres de su vida: su propia madre y sus compañeras de trabajo, no dejaban de remarcar las inquietudes que le generaban ciertos detalles de la nueva vida de Santino en Inglaterra. Con la elegancia de toda mujer, dejaban caer casualmente en la conversación una insinuación certera y fatal que no sólo daba espacio para la aparición de mil dudas en su cabeza, sino que en aquellos mismos comentarios esbozaban todas sus respuestas.

'Está bien que tengas tu espacio, ami. Que salgas con nosotras, bailes, te diviertas. Olvidate un poco y confiá', le había dicho una de sus amigas el viernes anterior, no sin luego agregar: '...que si él está con otras mujeres allá no te vas a enterar, e igual va a volver y casarse con vos. Dejalo fluir.'

Santino le repetía una y otra vez que sus únicos roces sociales eran en la oficina y que en su mayoría eran hombres casados y mayores que él. Con toda la inocencia que lo caracterizaba cuando quería ser convincente, le aclaraba que sólo iban a tomar cerveza después del trabajo y que él se aburría porque con el cansancio no se le daba muy bien el slang británico. Y ella le creía porque sonaba tan cierto en ese momento, con su risa aún juvenil del otro lado de la línea y su 'mi amor' presente en todos los finales de todas las frases. Entonces sonreía, se decía para sus adentros que era una tonta por la paranoia, y una sensación amarga e inexplicable se iba apoderando de ella hasta que finalmente se iba a dormir.

- Mamá pasó a buscarme por el consultorio hoy y la acompañé al médico. Le dijeron que no era nada, así que estamos tranquilas. Después de eso fuimos a la casa de Cari, que cumplía años. Hizo unos licuados de kiwi y banana riquísimos, algún día cuando vuelvas, te preparo para que los pruebes - comenzó a hablar para disimular su propio estado y acusar la mayor normalidad posible.

- Ah... - Santino prolongó un silencio incómodo, antes de agregar - No tuve un buen día hoy. No... no me siento bien, perdón.
El corazón de Ariana comenzó a latir desesperadamente. Se sintió avergonzada y tonta. Suspiró con cansancio y antes de que pudiera responder algo, su novio retomó con un tono algo más apaciguador y dulce:
- ¿Mañana hablamos, dale? -

- Dale, Santi... me dejás preocupada.
Pero sin más respuestas, sintió a Santino colgar la llamada.

---

Estaba increíblemente taciturno desde que se había desmayado en la morgue. Se sentía incapaz de llevar adelante lo único que debía hacer bien: completar la investigación, presentarla como trabajo final y llevarse una excelente calificación por parte del equipo de Teresa Iribarren. Luego de despertarse en la oficina del Dr. Wellson y que éste le ofreciera un té, se había dirigido cabizbajo a la oficina de redacción con la intención de recoger sus cosas y no hablar con nadie en todo el trayecto.
Lamentablemente le había sido imposible pasar tan desapercibido como pretendía y la gente lo saludó a su paso como si su traje fuera fluorescente. Absolutamente todos los que podrían haberse detenido a intercambiar palabras con él lo hicieron, y las miradas que le daban eran particularmente intensas e inquisidoras.
Cuando finalmente logró sortearlos a todos y llegar a su escritorio, se encontró con la media sonrisa de Pam y su collar de cuentas rojas acercándose hacia él. Suspiró en resignación y miró hacia sus carpetas. No quería que le preguntara como le había ido en la morgue.

- It's ok. Doesn't it look like a good day, huh? - preguntó ella al pasar, tomando registro de su clara intención de evitarla.
- It definitely isn't a good one. Sorry. See you tomorrow, I guess.

Pam volvió a sonreírle comprensivamente y no preguntó más. Santino se sintió apoyado en esa semisonrisa y le agradeció tácitamente que no agregara ningún comentario. También le sonrió y le apretó suavemente el hombro como gesto de despedida.

El subte estaba más vacío que de costumbre y llegó a su departamento mucho más rápido que otras veces. Le tocaba su llamada diaria a Ariana, pero ella no era la excepción. No quería hablar con nadie y sabía que las palabras de su novia intentando alentarlo no ayudarían. Sólo aumentarían la sensación de incapacidad y frustración. La conocía perfectamente y aunque le costara admitirlo, Ariana sólo se quedaba con la parte superficial de todos los asuntos. Sus respuestas, aunque se esforzaban por ser cálidas, sólo contenían un cúmulo de frases vacías y nerviosas. Ariana necesitaba recibir afecto hasta cuando se esforzaba por darlo, pensó Santino. Volvió a sentir una amarga sensación de pena por su novia. Luego pensó en la media sonrisa de Pam. Aquella muchacha parecía haber comprendido la situación a la perfección. Sus pómulos habían dibujado su mirada gatuna bajo los anteojos con un brillo intrigante.

Cuando terminó la breve llamada y estaba solo por fin, su cansacio y su alivio cayeron como una piedra en su estómago y se venció sobre una de las sillas del comedor. Tenía en sus manos la carpeta con la foto de Victoria Deneuve, aquella pobre argentina con una muerte tan extraña. La miró profundamente a los ojos y vio en los de ella una tristeza difícil de clasificar. Una extraña melancolía, un descreimiento agotador. Suspiró otra vez.

19.7.14

Errante XIII



Hoy cumplía diecinueve años. El número no le resultaba muy especial, pero sin embargo, había algo emocionante acerca de cumplirlos. Victoria recibió con una ancha sonrisa el saludo de sus dos tías y su abuela, dejándolas perplejas ante su gesto espontáneo de una felicidad tan poco usual.

Su secreto tras la alegría era que la noche anterior había decidido que se iría. Ya no podía más que recordar vagamente la sensación de opresión en el pecho cuando todos los días le resultaban una condena insoportable. Su mirada se había renovado, y, si sabía bien nada había cambiado de un día para el otro, esa rutina se acabaría tarde o temprano. Le parecía increíble que alguna vez eso hubiera sido impensado, que vivir en aquel pueblo rodeada de la misma gente hubiese sido su única opción durante tanto tiempo.

No quería ser injusta con su lugar, y reconocía que no odiaba a nadie allí, que sus tías y su abuela eran aunque estrictas, también justas y amorosas y que no había nada de malo en el ocre de los pastizales al atardecer ni en el olor a asado de los domingos. Simplemente, y este hecho no le resultaba menor, allí no había belleza posible. Victoria sobrevivía día a día adormecida por la falta de cuestionamientos, por su resistencia a la empatía, por la ausencia de emoción. El chiste diario del vecino al panadero no era exactamente malo, pero le faltaba tanta picardía que la pequeña sonrisa de Victoria cada vez que lo escuchaba se había ido transformando en un gesto de hastío gris. Los chicos que se juntaban en el club a jugar a las cartas y tomar mate, eran amigables y vivaces, pero nunca dejaban de parecer perturbadoramente animados por las actividades repetitivas e irrelevantes que llevaban a cabo sin cansarse.
Y, por sobre todas las cosas, ninguno parecía notarla realmente. Por supuesto que la saludaban con una sonrisa cálida de familiaridad y afecto, por supuesto que la invitaban a unirse a todas las partidas de truco. Sus tías le horneaban tortas y su abuela le tejía suéteres de lana todos los inviernos.
En el pueblo, ¿quién podría no conocer su nombre? Ella era la adorable Victoria, la hija de Jorge Deneuve (de · new · be y no də · nœv, por supuesto) , una niña buena y obediente de sus tías, bella y por lo tanto angelical. Seguramente también adoraba ir a la Iglesia y ayudar con las tareas del hogar, sus gigantes ojos café y haber mantenido la buena senda luego de la muerte de su padre lo probaban. No había dudas sobre quién era Victoria, así como no había demasiadas dudas sobre nada.

Durante todo el tiempo que ella podía recordar, no había sentido ni una vez verdadero interés en vivir su vida. No había sentido que el chiste de su vecino fuera realmente gracioso, ni que el mate fuera verdaderamente sabroso. La escuela era tan poco interesante como la idea de abandonarla y su trabajo en la panadería tan duro como la perspectiva de estar ociosa todas las tardes.

Pero hoy era distinto, hoy era posible irse y ser cualquier otra cosa en cualquier otro lugar. Hoy estaba viva y las luces de todas las ciudades brillaban en su imaginación.

Se colocó el delantal y se paró detrás del mostrador como todos los días. Mientras los clientes de siempre aparecían tras la puerta, Victoria perdía lentamente el impulso de la mañana y las potenciales realidades se volvían cada vez más ilusorias.
Tras la puerta, sin embargo, se mantenía la promesa de algo inesperado y revelador y el destino actúa en consecuencia para que aquellos que viven de soñar puedan darle sentido (aunque no sustento) a su actividad preferida.

Un hombre de unos cincuenta años, de piel rosada y nariz pequeña y hundida irrumpió en el local. ¿Quién era? Jamás lo había visto allí.

- Buen día - saludó Victoria

Con una sonrisa nerviosa, el hombre contestó repitiéndo el saludo, pero en un extraño acento. El corazón de Victoria se aceleró. Aquél hombre debía de pertenecer a un lugar muy diferente a aquel pozo.

- ¿Qué desea llevar?

3.6.14

Errante XII

Entonces, un arma en la casa de su novio y ella, sólo con sus huellas, un disparo certero en la cabeza, al cuerpo se lo encontró yaciendo apaciblemente en la cama, boca arriba. Ninguna carta de suicidio, pero sí una a documento en el cajón de la mesa de luz. Era extraño que alguien se disparara a la cabeza recostado en la cama, pero no había pruebas fehacientes de que alguien más hubiera tocado el arma. El novio ya había sido interrogado y permanecía como el único sospechoso. Según había dicho, él se encontraba en Edimburgo por asuntos familiares en el momento del hecho.

Sólo restaba echarle un vistazo al cuerpo. Lo escoltaron hasta la morgue dos policías y le indicaron que buscara al Dr. Wellson. Así hizo.

La morgue olía a desinfectantes y alcohol, podía ver a lo lejos una única camilla ensombrecida por la baja iluminación y difusa por su propia vista miope. Sin embargo, el cuerpo de la joven era ampliamente perceptible bajo la sábana. Darse cuenta de esto hizo que se le revolviera el estómago. Pensó en un breve y arrollador instante, que no habría forma que el caso le gustara lo suficiente como para sortear ese momento.

El Dr. Wellson era un hombre de apariencia afable, estatura mediana, ojos pequeños y cabello rubio entrecano. Pudo notar sin demasiada dificultad los nervios en la cara de Santino, y sonrió para infundirle confianza.

- Mr. Porta, nice to meet you - le dijo el hombre mientras le estrechaba cordialmente la mano - I have been told you are from Argentina as well.
- Eh, yes. I am from Buenos Aires, sir.
- Are you related to the victim? - preguntó el doctor con curiosidad pero sin abandonar su postura relajada.

En ese momento de un parpadeo un poco más largo de lo normal, de una pequeña revelación frente a sus ojos con baja definición, Santino percibió que sólo podría contestar a esa pregunta negando con la cabeza. La atmósfera del lugar estaba comenzando a causarle náuseas. Sabía desde la noche anterior que aquello no sería fácil, y comenzaba a darse cuenta que nunca había dejado de resistirse a la idea.
Ahora que estaba allí, intentando concentrarse en que esto sería sólo como un trámite, las curvas de esa mujer bajo la manta no lo dejaban en paz. Se sentía como un niño caprichoso y particularmente cobarde.

Se suponía que esta noticia era su gran oportunidad de ser un periodista serio y avocado a la investigación... ¿qué carajo le pasaba?

- Are you okay, Mr. Porta?

Se sentía muy débil. Sino se concentraba fuertemente le ganarían las ganas de vomitar. Desde el extremo de la sábana se asomaba la planta de un pie y un dedo. Estaban claramente rígidos y descoloridos y lucían mucho más escalofriantes que cualquier extremidad que hubiese visto jamás. A su mente vinieron todos sus muertos con ojos cerrados en cajones de salas velatorias. El tinte amarillento del rostro de sus abuelos, de su profesor de secundaria que había fallecido sorpresivamente a los cuarenta años, e incluso rostros que no había visto jamás; todos se aparecieron de repente ante sus ojos haciendo hervir de ansiedad en su mente la idea del rostro de aquella muchacha de casi treinta y sonrisa brillante.
La sola imagen lo horrorizaba y lo hacía sentir terriblemente perturbado... y no era más que un dedo del pie.

Intentó comunicarle alguna de sus sensaciones al Dr. Wellson o por lo menos expresar que estaba un poco descompuesto allí encerrado. Sin embargo, abrir la boca fue un trabajo complejísimo que no llegó a concretar.

Se había desmayado.

18.5.14

Errante XI



Llegó a la habitación que alquilaba en Londres desde que trabajaba en la inmobiliaria. Su paso por Bristol y el bonito departamento que allí arrendaba había sido breve, pero los extrañaba. Londres y su inmensidad no eran tanto de su agrado.

Pensó en lo irónico que sonaba esto en contraste con su vida de hacía un tiempo atrás. Recordó la emoción que había sentido cuando pisó Munich hacía algunos años y decidió que allí habría de vivir su vida hasta que el viento la llevara a otro lugar. Pensó también en la sensación estremecedora de ver por primera vez las luces de Nueva York y deslumbrarse por su cielo sin estrellas. Por alguna razón ese escalofrío excitante se había extinguido, se había ido volviendo amargo con el tiempo, con el cansancio de sus ojos acostumbrados a todas las luces de todas las grandes ciudades.
Pensó en su pueblo, algo menos de mil habitantes, sonrientes y mundanos, todos los días una rutina, excepto tal vez los domingos, que eran iguales entre sí pero distintos al resto con su siesta y asado obligatorios.

¿Algo dentro de ella extrañaba esa apacibilidad, esa previsibilidad al vivir? ¿Había abandonado su instinto voraz, sus aspiraciones enchidas, su curiosidad por explorar?

Eran las seis menos cuarto. Marc llegaría en poco más de una hora. Sus ganas de verlo se habían evaporado al instante mismo de cruzar el umbral del edificio, o tal vez nunca habían existido. Se sentó en la cama, se quitó los zapatos y miró a su alrededor. Una mesa ratona antigua soportaba la pila de libros de los que nunca se había podido desprender, además de una cafetera vieja que parecía haber estado allí desde siempre. El placard estaba abierto de par en par, pero la ropa estaba casi toda en la valija, especialmente toda aquella de noche que casi nunca usaba. Eran las seis y cinco. Tendría que apurarse en elegir alguna de las remeras que estaban allí.

Apenas abandonó su posición cavilante rumbo al armario, algo muy extraño sucedió. El teléfono fijo de su habitación comenzó a sonar alocado y Victoria llegó a darse cuenta que nadie la había llamado desde su llegada a Inglaterra. ¿Sería Marc?

- Hola, ¿Victoria? - preguntó recelosa una mujer de voz acaecida.
- Sí, ella habla, ¿quién es?
- Eh, Marga, tu tía - escuchó sin poder creerlo.
- Oh, hola... tía -
- Falleció la abuela Dolores, te llamaba para avisarte, el entierro va a ser mañana, querida - dijo sin más miramientos. ¿Por qué le comentaba la fecha del entierro? ¿Acaso estaría esperando que fuera?
- Lo siento mucho, tía. ¿Cómo fue? ¿Cómo están ustedes? - contestó Victoria automáticamente, casi sin procesar la información.
- Son cosas naturales, Victoria, tenía 88 años, se le gastó la máquina y se fue, sólo eso. No creo igual que te pese mucho a vos, que nunca fuiste capaz de venir a visitarla, ¿no?. Pero, ¿sabés qué pasa, querida? - la tía había adoptado un tono de reproche que repentinamente le había hecho revivir las razones de su partida- Te dejó la casa del campo. Espero que sepas que no te corresponde -

Y, sin más, la línea enmudeció y se escuchó el pitido del teléfono. Eran las seis y veinticinco.

12.5.14

Errante X



- ... Sí, parece que va a ser una noticia muy importante. ¡Y yo estoy a cargo de la investigación! ¿Qué tal, eh?
- ¿Santino...? - susurró Ariana del otro lado de la línea - Te extraño. -
- Yo también, mi amor - respondió Santino algo confundido mientras se preparaba un café.
- ¿En serio me lo decís? Parece que la estás pasando muy bien allá -
- Sí, la estoy pasando muy bien, pero eso no significa que no te extrañe - Santino intentaba ser lo más sincero y convincente posible pero sabía inevitable que se aproximaba una charla difícil sobre el tema.
- Ay... no soporto que estés a tantos kilómetros, y yo acá, pensando todos los días en vos, con mi vida de siempre, aburrida. ¿Vos pensás en mí todos los días? Estoy segura que entre toda la gente nueva que debés conocer y todas las cosas que te pasan... - se oyó un suspiro profundo, Santino mentalizó su gesto de sollozo, sabía que Ariana estaba esforzándose por no llorar. Se sintió terrible.
- Eso no es así, Ari, no es así.

Escuchó un leve llanto del otro lado. Sólo había pasado un mes, y todavía restaban once. ¿Ella acaso tenía razón? ¿Pensaba en ella en algún momento del día fuera de su llamada diaria?
Estaba tan acostumbrado a besarla todos los días, abrazarla en público, llevarla a todos los eventos y reuniones sociales, y todo esto, que formaba parte de su vida haciéndolos un uno irreductible, era agradable, le daba sensación de hogar, y sin embargo, ¿añoraba algo de eso ahora?

Suspiró el también. Y el suspiro fue audible en ambos lados de la línea.

- Qué boluda soy. Seguro estás cansado. Perdón, soy una desubicada. Te amo San.
- Yo también. Y te extraño. En serio.
- ¿Podría ir a visitarte algún día, no? Siempre quise conocer Inglaterra - se rió, y en la risa sonaron los restos de su llanto anterior. Santino sabía que ella lo planeaba desde hacía meses. Lo proponía en broma en cada reunión familiar, lo hablaba con sus amigas como si fuera un hecho, y hasta había planificado que lugares preferiría conocer en Londres. No sabía porqué pero esta idea lo ponía realmente incómodo.
- Eh... claro, mi amor. Me encantaría. Ahora estoy con mucho trabajo, mañana me tengo que despertar temprano, va a ser un día largo. ¿Estás mejor? Hablamos mañana.

Apenas escuchó la respuesta de su novia antes de cortar. Se sentía agotado.
Mañana tendría que presentar su propuesta de investigación a Teresa e ir al departamento de policías, tal vez a la morgue. Nunca había ido a una morgue antes y esto lo perturbaba un poco. ¿Cómo olería el lugar? Sintió náuseas de solo pensarlo.

Y encima Ariana... Pobre Ariana.
¿Por qué sentía lástima por ella? ¿Por qué no extrañaba estar a su lado?

Se sentó sobre la cama, se quitó la camisa y abrió la notebook. Le daría una última mirada a la propuesta de investigación y se iría a dormir.
Tomó la taza de café, la puso sobre la mesa de luz, se recostó un poco y miró el cielo neblinoso de Londres por la ventana. Supo que así era cómo y dónde quería estar. 


Errante IX


La señora Potts llevaba una hora canturreando en su gracioso acento norteño sobre las inconveniencias y las terribles desventuras que su familia había tenido que soportar hasta finalmente tomar la decisión de vender la casa antigua que tenían en las afueras de la ciudad. Victoria escuchaba pacientemente e intentaba extraer algo de información útil para el legajo que intentaba completar, tarea extremadamente laboriosa teniendo en cuenta que tenía que sortear una gran cantidad de historias inútiles y muchos 'sweetie', 'dear' y 'good Lord' que la anciana profería en su agudo e irritante tono.

Eran las 9 am.

La puerta se abrió de un portazo y antes de que pudiera imaginárselo, entraba Hunter con una carpeta en la mano y el cabello semi largo y rubio revuelto por el viento. Su escritorio estaba vacío la mayor parte de los días ya que su tarea consistía en exhibir las propiedades a sus futuros dueños o arrendatarios. A Victoria esto le causaba una extraña sensación de pena, ya que era la única persona a la que realmente le agradaba ver cuando iba al trabajo, aunque no lo soportara la mayor parte del tiempo, con su acento americano y sus ademanes bruscos, yendo de aquí para allá.

- Mrs. Potts! - exclamó con sorpresa.
- Oh, dear, it's you! I am so glad to see you again, Mr. Davis. How is your delightful mother?
- Excellent, Rose. Not as good as you, however, you look sincerely marvellous.

¿Estaba Hunter coqueteando con una mujer que había pasado los 70? Victoria miraba la escena perpleja, la señora Potts parecía estar bastante revoloteada por la aparición de su joven conocido. Hunter le había pedido que se acerque y ahora parecían estar hablando de la propiedad. El extremo carisma que él exhibía casi siempre con viejos clientes le irritaba un poco. Consideraba que la mayor parte de los estadounidenses padecían este defecto, pero pocos resultaban tan genuinamente simpáticos y despreocupados.
La señora Potts se despidió de ellos con una sonrisa pícara y salió de la inmobiliaria. Victoria increpó a Hunter con la mirada, ella aún no había terminado de completar el legajo.

- It's OK, Vicky. She has been trying to sell the house since I met her. She won't. For some reason, she seems to love it too much to do it. So... don't waste your time with her - sonrió alentándola a relajarse. Ella respondió con un gesto de calmada resignación e intentó volver a concentrarse en la pantalla.
Hunter se sentó en la silla que la señora Potts había desocupado, y aunque ella no lo estuviera mirando más que por el rabillo del ojo, le dijo:

- Huh? How are you? Any prince William around? - Victoria estaba acostumbrada a verlo coquetear con todas las mujeres que entraban a la oficina, especialmente si eran atractivas o muy ricas. Le molestó que intentara hacerlo con ella por ese simple hecho.
- I like Harry better, Hunter. I always did - sonrió por una milésima de segundo e intentó parecer concentrada en lo suyo. Pudo ver que parecía confundido.
- So... there's no Mr. Love & Compromise. That's good, you look like my type.

Así que ese parecía ser el punto en que siempre decía: 'we may go out for a drink sometime', y ella estaba preparada para rechazarlo ácidamente. Pero él no lo hizo, se alejó con su carpeta en la mano y se sentó en su escritorio a hojearla. No volvió a intercambiar miradas con nadie en el lugar hasta que terminó su trabajo y volvió a salir. Victoria se sintió confundida y no aliviada. ¿Por qué Hunter no había intentado coquetear con ella como hacía con todas las demás?

El hecho la dejó desconcentrada y ridículamente molesta durante toda la jornada. Trató de sacárselo de la cabeza pero no pudo. Creyó que lo mejor era despejarse un poco. Estar constantemente rodeada por sus compañeros de trabajo la estaba afectando negativamente.

Cuando se hizo la hora de volver a casa, llamó a Marc. Él atendió el celular casi sin que sonara.

- Victoria! How do you do?
- Marc, good. I was calling, you know, maybe you wanted to go out for a drink or something. The job...
- Something happened at work?
- No, no! I am just doing fine. I have many things to tell you, just that.
- Great, I will pick you at seven. Is it OK? I know a pub you'll love.
- Beautiful, thank you Marc.
- Hey, hang out a second. Is it everything ok?
- Yes, yes. Of course it is. See you.

Sí, lo mejor sería intentar sacarse ese estúpido pensamiento sobre Hunter de la cabeza.

25.12.11

Errante VIII


Santino llegó a la oficina aproximadamente una hora después de aquella extraña charla con su jefa. El día olía a humedad en todas partes pero el viento le causaba un agradable escozor en la nuca.
Londres era un ambiente estimulante para sus sentidos casi siempre dormidos.

Dejó sus cosas silenciosamente sobre la silla de su escritorio y tan sólo miró hacia adelante. Había algo que lo había dejado lacónico, acallado.
Se apoyó tímidamente sobre su escritorio con las manos sobre la cara y cerró los ojos. A veces pensaba que lo que estaba haciendo era estúpido, que cualquiera le hubiera recomendado buscarse la vida de a poco, no ser nunca el mejor. Pero a veces, algunas maravillosas veces, se daba cuenta lo afortunado que estaba siendo.

Un caso policial, sólo para él.

- Santino! Hey, right here!

Una voz a sus espaldas, era Pam, la secretaria de redacción apremiándolo a ir junto a ella. Era una dulce inglesa de veinticinco años y bonito rostro, la taquicardia de muchos allí.

- I'm coming, tell me what's up.
- About your case, if it's so. Here I have the information Teresa gave me as soon as she left the Latin Town. Listen... mmm, a woman, almost thirty, something like an outcast.
- An outcast? - Según lo que podía entender eso era algo así como "descastada". Se imagino una especie de hippie descalza protestando frente al Parlamento. Le pareció extraño.
- Yeah, apparently she used to travel a lot. She'd been in Bristol, Munich, Barcelona. Never stayed for more than a year - Pam miraba alternativamente algunas fotos y las notas de su cuaderno. Lucía muy despreocupada  y fresca, sus pómulos se marcaban con delicadeza por sobre su media sonrisa. Era realmente hermosa.

Santino apartó su devota observación y hechó un vistazo hacia las fotos que Pam sostenía en sus manos. Miró a la joven de las fotos. Era muy joven y relucía con un gran entusiasmo.

No entendió porqué, pero aún sin conocerla, no pudo creer que estuviera muerta.

7.7.10

Errante VII


Primer día bastante atípico. Los escritorios de ese lugar estaban sospechosamente desorganizados en función del espacio y más bien parecía una oficina pública argentina que una bonita inmobiliaria inglesa. ¿Dónde la había tirado Marc? pensó conteniendo una leve risa mientras entraba su nuevo jefe.

En la entrevista de trabajo el hombre se había mostrado reticente a su nacionalidad, pero habiendo quedado demostrado su perfecto manejo del inglés y la mucha necesidad que el tenía de una nueva secretaria allí, finalmente se convenció y sólo le preguntó al final:
- Could you tell me why you know Marc? If there isn't any problem, of course. I am only being curious, he is a good friend.
- He is an ex-colleague of mine, and we are still in touch.
- Perfect, you were hired from the beginning, Mrs. Deneuve - concluyó la entrevista resolutoriamente, no sin agregar: - You can start tomorrow, 8 am.

Al día siguiente, mientras su flamante nuevo jefe se paseaba entre los escritorios hasta llegar a su oficina, al fondo, Victoria permanecía inmóvil, con ambas manos sobre el teclado de la que ahora era su computadora, esperando indicaciones. Sus otros compañeros de trabajo eran tan grises como el día afuera, no ofrecían mayores distensiones ni propiciaban un ambiente ameno. Algunas cosas se extrañaban de Argentina después de todo.

Hasta que llegó él. Tenía apariencia de no haber dormido en los últimos tres días, pero al abrir la puerta, tras un profundo suspiro, sonrió hacia donde estaban ellos y saludándolos a todos a la vez buscó su silla. Se lo veía un poco torpe para ser tan joven y bastante atolondrado para tener más de treinta. Pero su sonrisa infantil y el modo de andar tan jovial le resultaban propiamente naturales.
De repente, captando una nueva compañera, su sonrisa se ensanchó y se acercó a los tumbos hacia su escritorio y se sentó en frente, como lo hubiera hecho un cliente.
Habló, y su fuerte acento norteamericano no la sorprendió.
- Hi, miss... Deneuve. Can I call you Vicky? I'm Hunter, and you seem to be new here. Need some help with these stuff? - indicó señalando a su computadora, modelo '98 con suerte, e intentando recuperar el aire que había perdido en esos tres segundos.
Victoria rió levemente, negando con la cabeza mientras decía:
- No... thanks. I think I've a great ability to do nothing, so...
- Oh, just like me then. Gotta tell you I’m probably better than anyone. – Intercambió una mirada cómplice con los demás miembros de la oficina que lo miraban risueñamente - Anyway, you should ask the boss for some work, otherwise he won’t speak to you. You’ll see, he's man of few words. Good luck, Vicky!

Anonadada Victoria buscó quehacer en la oficina del fondo. Le esperaba una larga pila de arrendatarios que pasar al Excel 1997. Good show for today.

15.3.10

Errante VI



- ¡Santino! ¡Santino!

En Londres como de costumbre, llovía estrepitosamente y le daba lugar a miles de charcos y paragüas que invadían la ciudad.

Santino se dio vuelta sorprendido de que en su lugar de trabajo alguien lo llamara por su nombre y se llevó una impresión bastante grande al ver que era su jefa quién lo instaba a ir a su lado.

- ¿Qué pasa?

La colombiana lo miró con gesto duro y examinó durante brevísimos segundos su humilde cobertura de un robo en el barrio latino y volvió a observarlo duramente a los ojos, quizás por haber esperado una respuesta más cordial de su parte.

- Necesitamos que cubras la investigación de una noticia de una coterránea suya.
- Sí, está bien...
- Un suicidio o posible asesinato - aclaró ella sin que se turbara ni un ápice el sonido firme de su voz.

A Santino le cambió la expresión del rostro. Jamás había supuesto que a menos de un mes de trabajar en ese diario, siendo sólo un miembro del grupo comandado por Teresa Iribarren lo convocarían a cubrir un asesinato.

- ¿Dijo que era de Argentina?
- Sí, una mujer joven, aparentemente depresiva. A simple vista no parece un caso muy interesante, pero usted sabrá encontrarle el gusto, Porta. Debo irme.

Y sin más se marchó haciendo sonar sutilmente sus zapatos de tacón en las calles e ignorando a todos aquellos que la miraban pasar vestida de traje por entre los negocios del barrio latino.
Inmediatamente, aún sin salir del asombro y sin saber si debía sentirse eufórico o no se dirigió a su compañero asignado, James Handal, un hombre en apariencia no muy inteligente.

- James, ¿puedes hacerte cargo de esto?
- Perdón... - hizo un gesto de confusión y cerró un poco sus ojos vidriosos para darle a entender que no comprendía tal grado de español. Santino suspiró y con calma, haciendo su mejor esfuerzo, repitió.
- Could you take care of this?- "Could you take care...?" no le sonaba, pero aún así no dio señas sobre su poco manejo del inglés a su colega.
- Yeah, of course mate - sonrió ampliamente James, viniendo de él, esa sonrisa podía significar que estaba encantado de hacerse cargo de la nota para demostrar que podía hacerlo solo, o que le daba gracia y lástima el inglés espantoso que manejaba su compañero. De todas maneras, su primer reacción fue darse vuelta y continuar recogiendo datos sobre el hurto, lo que Santino interpretó como que había entendido y acatado el pedido, y se fue sobre los pasos que había andado su jefa en dirección a la redacción. Había algo en todo esto que le intrigaba.

2.2.10

Errante V


Sentía la tarde escabullirse entre sus manos mientras el colectivo avanzaba con lentitud. No esperaba nada mejor, no esperaba nada, sólo quería llegar a destino para reencontrarse con un amigo y sin mucha idea sobre qué iban a hacer una vez que volvieran a verse.
Miró el reloj, le resultaba incontenible, una vez que lo tenía en la muñeca, verlo una y otra vez. Debería estar llegando.
¿Marc querría hablar con ella? ¿Por qué proponer esta salida? ¿O era ella la que quería verlo, no a él, si no a alguien conocido? ¿Era acaso ella la que necesitaba por primera vez asentarse en algún sentido? De todas maneras, era solo Marc. Sólo un buen compañero de trabajo, sólo Marc. No por eso ella iba a dejar de peregrinar en busca de aquello que siempre se le escapaba de las manos.
Llegando a Trafalgar Square el colectivo finalmente se detuvo y Victoria bajó con pesar. No tenía ganas de ver a nadie, ni de estar tan lejos de casa. ¿Qué le pasaba?
Miró hacia todos lados sin buscar a nadie antes de sentarse en la orilla de la fuente con sumo cuidado de no caerse hacia atrás. Allí donde él la encontró y con gesto sonriente se acercó a ella por entre el gentío.

- Victoria! - pronunció casi obviando la "r" y alargando por demás el sonido "ou" de la letra anterior. Era un joven delgado y esbelto con unos anteojos que cubrían sus ojos impresionantemente azules. Tenía la típica apariencia del oficinista, con una camisa celeste y zapatos recién lustrados junto con ese aura de sometimiento reflejado en la sonrisa de resignación.
- Hi... - intentó sonar expresiva y entusiasta pero por mucho no lo consiguió. Se levantó a la vez que él le daba un abrazo.
- You look amazing - comenzó Marc en su nube de entusiasmo
- Well, thank you - le sonrío amablemente pero algo incómoda - You look great too.
- There's a bar no far from here. It's nice and it's not so expensive... - miró hacia ambos lados pensando en números.
- Okay, it would be... convenient - Victoria se sentía ajena en su cuerpo, completamente encerrada en su mente y se preguntaba si Marc sería una persona idónea para hablar y cambiar su humor.

Comenzaron a caminar en dirección al bar que Marc había propuesto y ella al fin pudo respirar Londres, la humedad, el viento de lluvia. Sus botas sonaban percutidas a cada paso que daba y las hojas crujían a la vez. Marc la observaba en silencio sin saber muy bien qué decir. Probablemente se hubiera dado cuenta del ánimo extraño de su antigua compañera y tampoco se sintiera muy cómodo.
Cuando por fin llegaron él la dejó pasar y buscó una mesa cerca de la ventana. Victoria tácitamente se lo agradeció mucho.

- Er... well... It's great to meet you again, I guess - su tono ya era resignado, Victoria no parecía dispuesta a intercambiar frases amables y vacías. Se sentaron y él buscó sus ojos desesperado por hallar allí su mirada.
- Yeah... it's nice. Time goes by so fast... almost a year has passed.
- Why are you here? Are you working in other office?
- No... not really - supuso que él había estado itinerando de país en país sólo dedicándose a ser el secretario del secretario de algún importante secretario en alguna oficina de mala muerte. En cambio ella... ella había hecho de todo. Tenía un título de contadora obtenido a partir de una mágica beca que le había caído del cielo pero lo que menos hacía era utilizarlo.
- Me neither - pronunció Marc para su sorpresa - I'm saling properties... Oh... wait a minute... Are you unemployed nowadays? - su rostro mostró una leve pena y ella rió levemente.
- Yes... I arrived just a few days ago and I was looking for something...
Y en ese momento Victoria supo que él iba a hacerlo, pudo leerlo en el brillo de sus ojos, en el rictus de sus labios, iba a decirlo.
- And... Would you feel very ashamed if you were a secretary?

23.12.09

Errante IV



- Sir, how can I help you? Sir?
- Sí, eh... - Santino subió la cabeza y buscó entre toda la maraña de pensamientos que lo azotaban cual era la respuesta que debía darle a aquella joven recepcionista. Ella lo miraba con perplejidad y conteniendo su impaciencia, con el teléfono descolgado en una mano.
- Tengo... eh... Sorry, I made a reservation for a room here - se detuvo, su inglés aún dejaba mucho que desear, sus "erres" sonaban demasiado marcadas y dudaba que ella hubiera podido entender algo.
- Okay, could you give me your name, please?
- My name? Yes. Santino Porta -

Buscó en su computadora unos segundos sin prestarle demasiada atención a los nervios del hospedado y le contestó aún con la vista fija en la pantalla.

- Room 414, Mr. Porta - pronunció "Porta" así como Santino había pronunciado "room". Mal, y dejando completamente en evidencia su nacionalidad. Él no pudo evitar tener que contener la risa sin que ella lo viera - You should give your luggage to our employee, he's going to send them to your room - dicho esto, y tras una sonrisa fría dio por terminada la operación y no volvió a mirarlo.

Nervioso y con las manos sudando llevó su equipaje hacia donde estaba el empleado del hotel que lo miró un poco más amablemente que la recepcionista y le indicó que subiera al ascensor.

- Are you Italian? Sir? - preguntó con una sonrisa afable mientras llegaban al piso cuatro
- I'm from Argentina. - ¿cómo mierda se diría "argentino"?
- Veo, pues entonces puede comunicarse conmigo en vez de sacrificarse intentando que Lilian lo escuche. Un placer, soy Esteban Morales, portorriqueño.

El moreno le tendió la mano. Santino le sonrió aliviado, un hispano parlante. Tal vez su estadía en Londres no fuera tan dura.
Llegaron al piso de su habitación y Esteban Morales lo ayudó a descargar sus valijas en la puerta de su habitación y lo dejó solo. Santino abrió la puerta, se sentó por instinto en la punta de la cama y se desajustó la corbata. Lo esperaban días movidos.

12.12.09

Errante III


Se había quedado dormida. A su lado todavía estaba su taza vacía y el bolso de viaje todavía sin desempacar. Abrió los ojos con lentitud y se paró tambaleándose. Ese estilo de vida le estaba jugando una mala pasada.

Miró el reloj viejo de pared que se encontraba tras de sí. Las cinco menos cuarto. Qué buen horario para hacer nada. Hubiera seguido durmiendo, pero recordó que estaba pensando algo antes que eso sucediera. "Ah, sí. Lo que dejé atrás" repuso sin preocuparse demasiado.
Paulatinamente y sin proponérselo demasiado a conciencia, abrió el bolso y empezó a sacar las cosas una por una. Se dirigía intervalos a la habitación y acomodaba la ropa en pequeños grupos arriba de la cama. ¿Cuánto tiempo iría a quedarse allí? ¿Valdría la pena acomodar demasiado? ¿Buscar un trabajo?

Supuso que lo haría, como de costumbre. Casi sin pensarlo siempre buscaba trabajos donde supiera que prescindirían de ella pronto, y así, tendría una excusa para irse, no soportaba las cosas que duraban para siempre.

Abrió la laptop con cuidado cuando terminó de sacar las cosas y abrió el chat, que estaba colmado de grupos reducidos de personas que había conocido en sus esporádicos trabajos, que no había tratado por más de un año.
Mientras se levantaba a lavar su taza sintió el sonido de que alguien le había hablado. Se fijó. Era Marc, antiguo compañero de trabajo en Francia, en una oficina de cómputos. Era inglés, pero tan itinerante como ella.

Marc dice:
- Mademoiselle! How are you?

Victoria dice:
- Hey sir! Such a long time... Fine, 'n you?

Marc dice:
- It could be worse... haha, I'm studying :-O

Victoria dice:
- You? Unbelievable! lol.
- Are you still in France?

Marc dice:
- R U joking? I've never stayed in a country for more than a year. I'm in England.

Victoria dice:
- Me too.

¿Un conocido en Inglaterra? ¿Justo el día que ella acababa de llegar? Bueno, tal vez no fuera todo tan malo.

Victoria dice:
- Which part of Eng are you livin in?

Marc dice:
- London darling. Where are you?

Victoria dice:
- Fuck. I'm in Bristol.

7.12.09

Errante II


Santino volteó su cabeza antes de subirse al avión y distinguió por última vez la figura de sus padres y de Ariana diciéndole adiós. El viaje iba a ser largo y su pasaje de tercera clase dejaba mucho que desear. Sabía que si lo hacía era porque su sueño de ser periodista y escritor se viera concretado antes de que en el ocaso de su vida se diera cuenta que era demasiado tarde.

El vuelo, como no podía ser de otra manera, le resultó incómodo y no pudo cerrar los ojos en ningún instante. Tenía la mente fija en el lugar a donde llegaría, todavía tan incierto como el día que decidió comprar el boleto de avión. A las cinco menos diez de su reloj miró al exterior y distinguió la luz del día en lo que debía ser alguna parte de Europa, más precisamente, algún lugar de Gran Bretaña.
Alrededor de media hora después la azafata les dio la bienvenida a Londres y comenzaron a descender. Santino dio un paso en tierra firme y miró hacia el frente. La capital de Inglaterra lo estaba esperando.

1.12.09

Errante


- ¿Hay algo que me haga peor que este olvido que envena? - pronunció al aire mientras describía círculos con la cuchara en la taza de su inacabable té.
Tal vez, tal vez y sólo tal vez estar lejos de todo era la que la hacia amarlo más que a nada. Si tan sólo se hubiera quedado allí, en su vida de siempre, en su cómoda y mediocre vida de siempre, no los sentiría, no sentiría ese vacío al pensar en todo lo que había dejado atrás. Tal vez ya no los soportaría, ni a ellos, ni a él ni a nadie. Tal vez el amor en ella sólo funcionaba con la distancia.
¿Qué hacía a miles de kilómetros de distancia? ¿Qué en ella había hablado para que se pronunciara su camino contrario a su destino y armara las valijas? ¿Qué tenía cualquiera de los países del mundo que no tuviera Argentina?

Soledad.

Allí, en Bristol, como también en Londres, en Munich, en Marbella o en Burdeos o en cualquiera de las ciudades que su errático andar apañaron, no estaban ellos. Ellos, a quienes no podía soportar más, quiénes estaba convencida que habían estancado su progreso, anulado sus sueños, convertido en un ser mediocre con aspiraciones comunes, un ser gris, sin ganas, con el intelecto consumido por un aparato de TV que funcionaba todo el dia. Ellos, su familia, su cariñoso y a la vez dominante novio, sus... amigos.
Allí estaba el quit de la cuestión. Tal vez a nadie extrañara más que a sus amigos. Quizás el no haberlos encontrado con otras caras, con otros nombres era lo que más la frustraba de su búsqueda por el mundo.
Extrañaba a los extraños miembros del club del pueblo que se juntaban por las tardes algo aislados del resto de los visitantes, en las gradas de la cancha de básquet. Extrañaba cada miembro (no eran más de diez, y cuando estaban todos), extrañaba cada tarde compartida con ellos, en el escape constante de la realidad cotidiana que la llevaba a verlos cada vez más seguido para jugar juegos de mesa, hablar por horas, filosofar con ciertas libertades a sus limitaciones, reírse, cantar.
Sólo extrañaba de todos esos años de adolescencia hostil, esos ratos de algún fin de semana en que los veía. Ni siquiera sabía bien el nombre de todos. Siempre se sintió apenas una invitada allí, una colada entre personas asombrosas, que tal vez no se parecieran a ella, pero tampoco se parecían a su familia. No se parecían a nadie que hubiera conocido jamás.

Les escribiría, como fuera... debía contactarlos. Debía conocer gente como ellos en Europa también, debería dejar de vivir en el trabajo de turno y debería asentarse en una localidad.
¿Debería asentarse?

En su andar itinerante jamás se había planteado la posibilidad de residir hasta su muerte entre la misma gente, en la misma ciudad. Tampoco se había planteado en formar una familia. Todos los hombres que sus tías y su abuela sugerían con entusiasmo se parecían a su novio, y ella siempre pensaría que todos los hombres, tras su manto de cariño y protección, escondían un ser conservador que, mediante caricias y dulces órdenes, la ataría a una cocina y a quehaceres ordinarios el resto de su vida. Ella, que desde chica se había mostrado rebelde e independiente, no creía esa versión de pueblo del amor.
No quería cargas. No quería estar atada nunca más.

Poco a poco comenzó a darse cuenta de las contradicciones de todo esto, del rechazo y la nostalgia, y empezó a plantearse lo que perder significa. Jamás había estado conforme con su vida, ni libre, ni esclava.

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