19.8.14

Errante XIV

 
- Hola, Ari - dijo Santino alargando la 'o' pesadamente. Se lo escuchaba cansado y desmotivado. Ariana no lo notó inmediatamente, porque ella misma se sentía también de esa manera. Los días le resultaban aplastadoramente aburridos desde que Santino no estaba con ella.
Y no tenía sólo que ver con su ausencia. Intentaba llenar todos los espacios vacíos de su día (desde que salía del trabajo a las tres de la tarde hasta que se iba a dormir) y ello le resultaba una tarea particularmente agotadora. Se había inscripto a yoga los martes y jueves y los viernes por la tarde iba a tomar algo con sus amigas. El resto de los días sólo se dedicaba a limpiar aquí y allá el departamento que cada vez le resultaba más grande, pasar tiempo con Fito, su perro caniche, y hablar con su madre por teléfono.

Las mujeres de su vida: su propia madre y sus compañeras de trabajo, no dejaban de remarcar las inquietudes que le generaban ciertos detalles de la nueva vida de Santino en Inglaterra. Con la elegancia de toda mujer, dejaban caer casualmente en la conversación una insinuación certera y fatal que no sólo daba espacio para la aparición de mil dudas en su cabeza, sino que en aquellos mismos comentarios esbozaban todas sus respuestas.

'Está bien que tengas tu espacio, ami. Que salgas con nosotras, bailes, te diviertas. Olvidate un poco y confiá', le había dicho una de sus amigas el viernes anterior, no sin luego agregar: '...que si él está con otras mujeres allá no te vas a enterar, e igual va a volver y casarse con vos. Dejalo fluir.'

Santino le repetía una y otra vez que sus únicos roces sociales eran en la oficina y que en su mayoría eran hombres casados y mayores que él. Con toda la inocencia que lo caracterizaba cuando quería ser convincente, le aclaraba que sólo iban a tomar cerveza después del trabajo y que él se aburría porque con el cansancio no se le daba muy bien el slang británico. Y ella le creía porque sonaba tan cierto en ese momento, con su risa aún juvenil del otro lado de la línea y su 'mi amor' presente en todos los finales de todas las frases. Entonces sonreía, se decía para sus adentros que era una tonta por la paranoia, y una sensación amarga e inexplicable se iba apoderando de ella hasta que finalmente se iba a dormir.

- Mamá pasó a buscarme por el consultorio hoy y la acompañé al médico. Le dijeron que no era nada, así que estamos tranquilas. Después de eso fuimos a la casa de Cari, que cumplía años. Hizo unos licuados de kiwi y banana riquísimos, algún día cuando vuelvas, te preparo para que los pruebes - comenzó a hablar para disimular su propio estado y acusar la mayor normalidad posible.

- Ah... - Santino prolongó un silencio incómodo, antes de agregar - No tuve un buen día hoy. No... no me siento bien, perdón.
El corazón de Ariana comenzó a latir desesperadamente. Se sintió avergonzada y tonta. Suspiró con cansancio y antes de que pudiera responder algo, su novio retomó con un tono algo más apaciguador y dulce:
- ¿Mañana hablamos, dale? -

- Dale, Santi... me dejás preocupada.
Pero sin más respuestas, sintió a Santino colgar la llamada.

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Estaba increíblemente taciturno desde que se había desmayado en la morgue. Se sentía incapaz de llevar adelante lo único que debía hacer bien: completar la investigación, presentarla como trabajo final y llevarse una excelente calificación por parte del equipo de Teresa Iribarren. Luego de despertarse en la oficina del Dr. Wellson y que éste le ofreciera un té, se había dirigido cabizbajo a la oficina de redacción con la intención de recoger sus cosas y no hablar con nadie en todo el trayecto.
Lamentablemente le había sido imposible pasar tan desapercibido como pretendía y la gente lo saludó a su paso como si su traje fuera fluorescente. Absolutamente todos los que podrían haberse detenido a intercambiar palabras con él lo hicieron, y las miradas que le daban eran particularmente intensas e inquisidoras.
Cuando finalmente logró sortearlos a todos y llegar a su escritorio, se encontró con la media sonrisa de Pam y su collar de cuentas rojas acercándose hacia él. Suspiró en resignación y miró hacia sus carpetas. No quería que le preguntara como le había ido en la morgue.

- It's ok. Doesn't it look like a good day, huh? - preguntó ella al pasar, tomando registro de su clara intención de evitarla.
- It definitely isn't a good one. Sorry. See you tomorrow, I guess.

Pam volvió a sonreírle comprensivamente y no preguntó más. Santino se sintió apoyado en esa semisonrisa y le agradeció tácitamente que no agregara ningún comentario. También le sonrió y le apretó suavemente el hombro como gesto de despedida.

El subte estaba más vacío que de costumbre y llegó a su departamento mucho más rápido que otras veces. Le tocaba su llamada diaria a Ariana, pero ella no era la excepción. No quería hablar con nadie y sabía que las palabras de su novia intentando alentarlo no ayudarían. Sólo aumentarían la sensación de incapacidad y frustración. La conocía perfectamente y aunque le costara admitirlo, Ariana sólo se quedaba con la parte superficial de todos los asuntos. Sus respuestas, aunque se esforzaban por ser cálidas, sólo contenían un cúmulo de frases vacías y nerviosas. Ariana necesitaba recibir afecto hasta cuando se esforzaba por darlo, pensó Santino. Volvió a sentir una amarga sensación de pena por su novia. Luego pensó en la media sonrisa de Pam. Aquella muchacha parecía haber comprendido la situación a la perfección. Sus pómulos habían dibujado su mirada gatuna bajo los anteojos con un brillo intrigante.

Cuando terminó la breve llamada y estaba solo por fin, su cansacio y su alivio cayeron como una piedra en su estómago y se venció sobre una de las sillas del comedor. Tenía en sus manos la carpeta con la foto de Victoria Deneuve, aquella pobre argentina con una muerte tan extraña. La miró profundamente a los ojos y vio en los de ella una tristeza difícil de clasificar. Una extraña melancolía, un descreimiento agotador. Suspiró otra vez.

4.8.14

Manual de caprichos, obsesiones varias



El amor tiene cara de fotografía tomada una noche cualquiera, en un gesto espontáneo, en una sonrisa sonámbula. El amor tiene cara de un mensaje de pronto, de dos mentes que se acercan y se encuentran por sorpresa, de una risa de costado.
El amor se encuentra de repente, en una mirada de soslayo o en un par de ojos que miran a otro par fijamente por instantes eternos, a la vista de todos, a la comprensión de nadie. El amor se halla allí, en el pequeño espacio entre dos bocas, en el calor de una mano sobre una espalda, o una cintura.

Está en todos lados cuando tus palabras corresponden a las mías y tu risa es sincera y leal. Cuando el cansancio no nos gana, cuando tenés miedo, porque sabés que estoy cerca, porque sabés que estás cerca.

Son muchas las ciudades y las luces que me llamaron a pensarte. Las esquinas se sucedieron y los kilómetros siempre se contaron de a cien, las fotos siempre fueron de noche y hubo algo en la sonrisa que no pude dejar de ver.

Hubo ojos pardos, celestes y negros. Hubo charlas, cafés y cerveza. También hubo soledad en compañía de una foto, un cuaderno y melodías encadenadas.
Desesperación.
Patetismo.
Malestares.

De repente no escuchabas bien por la música y pegaste tu rostro al mío mientras me acercabas, tan pequeña como era yo, a tu cuerpo. No pude evitar sentir el calor de tu cuello mientras te aferraba. Tu mejilla paseó varias veces por el contorno de mi boca.

Estabas feliz y reías, hablabas con muchos a la vez, y en varios idiomas. No podías resistirte a los encantos de nadie, pero algo nos hizo quedarnos a solas y que sólo me vieras a mí. Tus ojos felinos brillaban en la noche, pero vos decías que la luz provenía de mi sonrisa. Entonces yo sonreía y te dejaba recorrerme. La penumbra era aún suave cuando dejaste de mirarme y el brillo de tu mirada celeste se proyectó fría y lejana hacia otro lugar.

Nos conocíamos desde hacía años. El enamoramiento confuso y absorbente había dejado en su lugar un amor muy reposado y afectuoso. Tus dientes parejos y el increíble arco de tus cejas permanecían idénticos a pesar del tiempo. Siempre tu pelo cayó sobre tu frente con una gracilidad única, y siempre tus labios fueron rosados y carnosos, tus caricias delicadas y tus sinrazones encontraron su lugar entre las sábanas. Te miré con ternura, te acaricié la piel tan tersa y te dejé ir, con la certeza de amarte por eso mismo, más que nunca.

Me miraste con los ojos llenos de lágrimas. Tu perfume no me dejaba pensar, nunca eras el mismo sin él. Sabía que iba a extrañar que me tomaras fuertemente de la cintura y que todos tus movimientos fueran tan precisos como si vivieras tus caricias a través de mí. Sabía que iba a extrañar al sol de la mañana entrando por la ventana y descubriéndonos tan cerca. Con tu brazo sobre mi cadera y tu respiración sobre mi cuello expectante. Incluso mi cabello despeinado y mi media sonrisa de resignación no tendrían sentido una vez que te hubieras ido para siempre.

Pero ya tenías otro rostro desde hacía tiempo. Eras tan alto que no admirarte a la distancia y en silencio era imposible. Cada una de tus pecas estaba ubicada en el lugar exacto y todas ellas bailaban al unísono cuando me mirabas e inesperadamente sonreías. Eran tus ojos los que me encontraban en la distancia, y tus palabras en cada rincón del laberinto de mi mente. Y sin embargo, no podía más que mirar al piso y contentarme con una sonrisa a medias, con el calor de dos cuerpos bajo la lluvia helada.

Extrañé sin querer el tiempo en que decías que yo era distinta, que si pudieras quedarte, te enamorarías de mí sin dudarlo. Eché de menos los besos extraños y mis ojos negros intentando corresponder a tu mirada que aún no perdía la esperanza. Tengo mil libros con tu nombre, pero no puedo recordar el que me dijiste aquella vez, aquél por el cual jamás debería olvidarte.

Pero no te he olvidado, ni a vos ni a tus mil rostros, a tus mil colores. No es justo decir que te espero, porque siempre estás en algún lado, en alguna mano, en algún montón de letras que se las arreglan para ser nombre. En una historia, en un recuerdo, en un repentino volver a despertar.

19.7.14

Errante XIII



Hoy cumplía diecinueve años. El número no le resultaba muy especial, pero sin embargo, había algo emocionante acerca de cumplirlos. Victoria recibió con una ancha sonrisa el saludo de sus dos tías y su abuela, dejándolas perplejas ante su gesto espontáneo de una felicidad tan poco usual.

Su secreto tras la alegría era que la noche anterior había decidido que se iría. Ya no podía más que recordar vagamente la sensación de opresión en el pecho cuando todos los días le resultaban una condena insoportable. Su mirada se había renovado, y, si sabía bien nada había cambiado de un día para el otro, esa rutina se acabaría tarde o temprano. Le parecía increíble que alguna vez eso hubiera sido impensado, que vivir en aquel pueblo rodeada de la misma gente hubiese sido su única opción durante tanto tiempo.

No quería ser injusta con su lugar, y reconocía que no odiaba a nadie allí, que sus tías y su abuela eran aunque estrictas, también justas y amorosas y que no había nada de malo en el ocre de los pastizales al atardecer ni en el olor a asado de los domingos. Simplemente, y este hecho no le resultaba menor, allí no había belleza posible. Victoria sobrevivía día a día adormecida por la falta de cuestionamientos, por su resistencia a la empatía, por la ausencia de emoción. El chiste diario del vecino al panadero no era exactamente malo, pero le faltaba tanta picardía que la pequeña sonrisa de Victoria cada vez que lo escuchaba se había ido transformando en un gesto de hastío gris. Los chicos que se juntaban en el club a jugar a las cartas y tomar mate, eran amigables y vivaces, pero nunca dejaban de parecer perturbadoramente animados por las actividades repetitivas e irrelevantes que llevaban a cabo sin cansarse.
Y, por sobre todas las cosas, ninguno parecía notarla realmente. Por supuesto que la saludaban con una sonrisa cálida de familiaridad y afecto, por supuesto que la invitaban a unirse a todas las partidas de truco. Sus tías le horneaban tortas y su abuela le tejía suéteres de lana todos los inviernos.
En el pueblo, ¿quién podría no conocer su nombre? Ella era la adorable Victoria, la hija de Jorge Deneuve (de · new · be y no də · nœv, por supuesto) , una niña buena y obediente de sus tías, bella y por lo tanto angelical. Seguramente también adoraba ir a la Iglesia y ayudar con las tareas del hogar, sus gigantes ojos café y haber mantenido la buena senda luego de la muerte de su padre lo probaban. No había dudas sobre quién era Victoria, así como no había demasiadas dudas sobre nada.

Durante todo el tiempo que ella podía recordar, no había sentido ni una vez verdadero interés en vivir su vida. No había sentido que el chiste de su vecino fuera realmente gracioso, ni que el mate fuera verdaderamente sabroso. La escuela era tan poco interesante como la idea de abandonarla y su trabajo en la panadería tan duro como la perspectiva de estar ociosa todas las tardes.

Pero hoy era distinto, hoy era posible irse y ser cualquier otra cosa en cualquier otro lugar. Hoy estaba viva y las luces de todas las ciudades brillaban en su imaginación.

Se colocó el delantal y se paró detrás del mostrador como todos los días. Mientras los clientes de siempre aparecían tras la puerta, Victoria perdía lentamente el impulso de la mañana y las potenciales realidades se volvían cada vez más ilusorias.
Tras la puerta, sin embargo, se mantenía la promesa de algo inesperado y revelador y el destino actúa en consecuencia para que aquellos que viven de soñar puedan darle sentido (aunque no sustento) a su actividad preferida.

Un hombre de unos cincuenta años, de piel rosada y nariz pequeña y hundida irrumpió en el local. ¿Quién era? Jamás lo había visto allí.

- Buen día - saludó Victoria

Con una sonrisa nerviosa, el hombre contestó repitiéndo el saludo, pero en un extraño acento. El corazón de Victoria se aceleró. Aquél hombre debía de pertenecer a un lugar muy diferente a aquel pozo.

- ¿Qué desea llevar?

7.7.14

Mi alma solitaria está llena de miedo

Me atacaron los miedos de siempre, pero los estaba viviendo a través del miedo en sí. No era un poco de ansiedad o de angustia, sensaciones asfixiantes pero socialmente aceptables. Era terror.

Recorte de la escena final.
Unas escaleras vistas desde arriba, colores asfixiantes, la manta es casi una carpa y vos sos tan pequeña que no puedo creer que tus brazos sean suficientes para abrazarme.

Me despierto. Estás en la cocina, a unos metros de mí, tu cabello abultado comienza como una pirámide justo encima de tu nariz. Tu cara es mitad sonrisa roja, pero tal vez no seas vos, no podés ser vos.

Me despierto. La silla está vacía, el parquet es insoportablemente naranja y por suerte ya estoy acá, consciente de todo. Las líneas ya son rectas y el túnel está bien iluminado, no sé porqué están tan asustados, si nos caemos no pasa nada, las escaleras no dan al vacío.

Mi cabeza se tambalea, me despierto. Traés un té. El agua se va tiñiendo de a poco de un rojo corpóreo, pero sigue siendo agua. Me hacés una pregunta, y por suerte ya estoy acá, consciente de todo. Mi respuesta me sorprende cuando comienzo, suena tan apática y desentendida que me siento orgullosa de que sea mía por fin. Mi rostro se deforma en cuestión de segundos, mi sonrisa se torna enferma e infantil, las últimas palabras de mi oración pierden sentido con tu sonrisa de compasión. Soy una niña, 'los niños no saben lo que dicen, no le des importancia'. Y otra vez el ridículo se apodera de mis razones. ¿Cuándo nos convencimos de que no era real, de lo burdo de la sonrisa, de lo estúpido de la mirada?

Me despierto, él me mira. 'No te rías de mí, no me mires así, tengo frío'. Mamá, si me vas a tapar no te rías de lo que digo, no te rías con él. Tengo miedo. Los colores son muy fuertes, y las líneas me llevan a un camino que se abre al costado de la cama. Eso es porque la culpa y el ridículo son demasiado fuertes, controlá tus debilidades, no tiembles, no tiembles, no lo hagas mil veces. No tiembles que sino no vas a poder ver.

Por suerte, esta vez sí me despierto. ¿Qué había estado viendo? No lo sé, pero ese mundo definitivamente no era real, este sí lo es. Mirá, que corpóreos parecen y están aquí conmigo. Todo es tan recto y tan sólido, la manta es roja y tus ojos son miel. Él me mira apacible, no hay nada que temer en sus ojos negros. Puedo hasta deletrear en alemán, ¿cómo podría no estar bien? ¿Por qué aún se ríen de mí así, es tierna la imagen de la inconsciencia o los niños somos patéticos por igual? Quiero estar bien, lo estoy. Me miro al espejo, lo estoy. Mi sonrisa no es tonta, el espejo y yo estamos bien.

¿Qué hacen acá? Ya estoy bien, no se queden por mí, dejen de preocuparse que sino no voy a ser grande nunca. Ya crecí, mamá, dejá de ignorar mis argumentos. Sí, sé que si se van ya no voy a estar bien, como antes, sola otra vez. Sí, ya sé que no estoy bien todavía. Bueno, quédense, pero ya soy grande. Hablemos. No, no quiero dormir. Ya te dije que tengo miedo, los colores son muchos, tu sonrisa me hace mal. Dormir se duerme solo y a mucho riesgo. Mi corazón, tengo que saber que mi corazón sigue bien. ¿Cómo lo voy a saber si estoy dormida? No seas tonta, hay que estar bien para dormir.

¿Lo llamé? Sí, ya sé que sé que lo llamé. Quiero que vos me lo digas. Quiero ver tu cara cuando me digas que sí. Claro, un obituario, lo supuse. Pero mi ortografía sigue siendo buena, ¿sabías? Sí. ¿Cómo sé eso? '¿Ves?', le digo a él, 'otra vez vuelve a empezar el capítulo, otra vez me despierto y no estoy segura de que lo anterior haya sido real'. No quería que el capítulo nuevo empezara ahora. Quiero que el próximo capítulo sea más largo, por favor. Quiero salir, 'el frío hace bien'. No, decile que no se vaya, ¿y si no vuelve? ¿No te das cuenta que ahora ya no tengo poder sobre mi casa, que ahora estoy desprotegida? Es como si me robaran el bolso, es como si se hubiera llevado mi celular. Dámelo, es mío, es mío, es parte de mí. Seguridad, dame alguna seguridad.

La toma esta está cortada. Primero enfoco tu sonrisa, escaleras, dos sujetos con una torta en la mano, un payaso y la habitación vista desde arriba. Luego él, levemente de costado y yo, con la manta roja. Una montaña, frío. Parece una película de Wes Anderson. Es ridículo el brillo, es ridículo que estén todos tan felices, vos sabés que odio los payasos. Esa sonrisa no ayuda. En serio, el recorte final de la escena no debería verse a través de una frazada calada. No.

¿Vos en serio pensás que si te vas voy a dormir? Bueno, dejame sola, está bien, mamá. Total siempre te vas a trabajar temprano, antes que me despierte, y me das un beso en la frente pensando que no me di cuenta. Voy a intentarlo sólo porque él me está viendo y eso es lo que esperan de mí, ¿no?

Bueno, el blanco y negro también se puede disfrutar.

Vuelta



Vos y yo sabemos que la melancolía es hermosa.
Estar melancólica por vos, es estar melancólica por lo que nunca sucedió, por quien nunca llegaste a ser, por quien tal vez nunca hayas sido. Es extrañar el peso leve del alma que se anunciaba, pero decidió esconderse cuando le tendí la mano, como un gato sin dueño y muerto de miedo.

Y sin embargo, allí donde no existís, sé que sabés que la melancolía es hermosa. Te oí decirlo una vez. "La tristeza, el esperar, tienen 'algo', hay que saber observarlos y vivir a través de ellos".

La belleza se anuncia como una caricia en el despertar de la nostalgia, es su forma tan sutil que ese dolor refresca y nos obliga a sonreír con la vista perdida.

Tu mirada cómplice, tus ojos vidriados, tu risa infantil, tus manos... tus manos (mi mirada cómplice, mis ojos clavados en los tuyos, mi sonrisa ensanchada, nuestras manos).
Quisiera decirte algo, pero tu recuerdo es nostalgia y se desvanece cuando me aproximo. Intento buscarte, pero ya no estabas.

Sos nostalgia.

6.7.14

You sent me flying

Te veo frío, irreprochable, con la mirada altiva. Te pavoneás entre la gente como si fueras un dios inalcanzable y bailás entre las multitudes sin que siquiera alguien esté cerca de tocarte.
Las puntas de mis dedos se estremecen frente a la idea de acercarse al borde de tu figura, pero saben que es imposible, que entre la gente enloquecida yo soy una más, y tal vez mis manos estén más lejos que el resto de las manos.

Pero entonces, tu voz me habla de lejos, tan cerca de mi oído que pareciera que estás sobre él, mordiéndolo despacio, intentando bajar por mi cuello mientras jugás con mi cintura, mientras el calor de tu cuerpo envuelve rápidamente al mío. Pero sólo estás hablando.
Tu voz está tan lejos que tal vez no se dirija a mí.

Pero no hay dudas que ese temblor en las cuerdas me agarra desprevenida cuando, creyéndote imposible, redescubro la tierna vulnerabilidad de la que venís y que te trae a mis pensamientos de cada cinco minutos.

Estás sólo en un vagón de tren mirando por la ventanilla, tu mirada altiva se perdió con las horas y la soledad. Nadie te está viendo y no tiene sentido calzarte los anteojos negros ni acomodarte el pelo. Te acordás de vos antes de las miradas, no es un recuerdo feliz, pero la nostalgia te obliga a clavar tus ojos en el suelo por un instante interminable.

Yo no estoy allí como testigo de tus ojos perdidos, pero el leve ritmo de palpitaciones sobre mis hombros me hacen saberte mucho mejor que si estuvieras a mi lado. Vas conmigo en el tren, y estamos yendo a verla. Su gran sonrisa es tan azul y por lo mismo tan bella y terrible que entre vos y el tren se hacen uno, renace de tu interior el verano más soleado de todos los veranos pasados y no sabés si el ser frío e independiente o si el sujeto en su interior te piden verdad, y no sabés si acaso la verdad podría ser ella.

Yo cierro los ojos por un momento, la adoración por tu vulnerabilidad pero también los celos dominan mi cuerpo. Le tomás la mano y el vos de hoy vuelve al poder. La mirada tras los anteojos puede seguir por un tiempo más. Quién querría ser débil y saberse solo, ser un poco como aquel gris sujeto de antes.
La sonrisa enorme del rostro de ella se desvanece y sus ojos claros pierden el brillo celeste que hablaba de veranos soleados. Hacés un gesto de satisfacción. El tren ya no existe y te dejó en paz.
Me obligás a que me vaya. Me recordás que nunca estuve ahí y que tu voz resuena de lejos, llegando a mis oídos, por azar, tal vez.

24.6.14

Despertar, otra vez

¿Sabés por qué lo sé? Porque tiene esa suerte de lugares preferidos (recovecos, diría yo), a lo largo de toda la ciudad. Uno se da cuenta cuando alguien siente el lugar a dónde lo está llevando, se puede presentir la proximidad en su rostro, en sus pequeñas indicaciones (como cuando al enseñarme aquel parque, inevitablemente quiso llevarme hacia su árbol, bajo su sombra de mediodía, con la cabeza expresamente mirando a la fuente pero que un poco también se vieran los niños en las hamacas). ¿Sabés por qué lo sé, también? Porque la lluvia estimula su memoria y lugares ordinarios se transforman en recovecos nuevos, y porque, aunque se queje, conoce la magia de que el lugar sea tan sólo un paraguas y cuatro zapatos embarrados.

Por esas cosas sé que su mundo existe y vive en su interior, al igual que todas aquellas cosas que aprendemos de niños y nos sentimos obligados a repetir todas las veces, como no pisar las líneas del piso o repetir todo el abecedario como si fuera una canción cuando deseamos ubicar las letras. Así de la misma manera pueril existe en él un recordatorio sobre él mismo, casi como un cliché. Lo veo sufriendo día a día el desarraigo paulatino de su mundo, a manos del otro mundo, el de las expectativas, el de las grandezas ostentosas y ficticias. Resulta entonces ser, que las almas sutiles como las nuestras son como pétalos, si uno apenas ejerce presión se destiñen y deshacen en la mano, y a los días no son más que láminas marchitas y quebradizas, despojadas vilmente de su aroma, incapaces de renacer.
Son almas como las nuestras las que viven quiescentes todos los días, para, de vez en cuando, cuando el viento sopla en la dirección indicada, emanar todo su aroma impregnante y escabullirse otra vez entre los pliegues de la ropa, pero no sin dejar a su paso la sensación de que ese alma de siempre, viva y muerta por todas las circunstancias, nos ha mostrado algo nuevo, nos ha señalado un horizonte profundo donde explorarán nuestras nuevas cavilaciones cada vez que recuerden al aroma.

Pero a veces el viento no sopla en mucho tiempo y nuestras cavilaciones se olvidan de la flor y de sus pétalos. La gente con su paso distraído de a poco va corrompiendo su existencia olvidada por nosotros, y una noche, cuando nos sentamos por primera vez después de todo el día en nuestra cama, descubrimos que la flor ha muerto y sus pétalos han sido arrancados y aplastados.
Lejos de lo que todos piensan, al menos nosotros no somos lo que hacemos. No somos lo que érraticamente llevamos a la acción para aparentar ser lo que no somos, y no somos ni siquiera nuestros planes y objetivos agolpados ansiosamente contra el portal engañoso del futuro. Tampoco somos nuestras convicciones, construcciones románticas de héroes y batallas inventadas por los siglos, surcadas por los contornos de Narciso y bendecidas por la divina trascendencia que nos ampara y nos consuela. Al final del día y sentados en la cama, descubrimos, no sin pesar y desasosiego, que sólo somos aquella flor olvidada, aquel viento de primavera y aquel aire renovado a su alrededor.

Es un pequeño escalón el que nos separa de nosotros mismos y de la felicidad de encontrarnos perennes bajo las máscaras y los cambios, cada vez, en cada esquina, en cada beso y en cada piel, en todas las sonrisas y en el calor del sol sobre nuestras espaldas.
Y sobre el escalón, la flor.
Y junto a ella, la promesa fiel de su belleza, siempre y cuando sepamos tocarla con cautela y esperar al viento que revele su voz.

...

Sentada junto a la fuente que ya es mía del parque que siempre será tuyo, confío en el viento y en dos miradas que se encuentran.

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