Para las primeras tres opciones no se necesita reconocer una sustancia particular en el sujeto. Para la última, es lo único que se puede conocer.
El modelo no está claro ni armado y los principios en los que se sustenta la búsqueda no apoyan de ninguna manera, pero tampoco niegan, la posibilidad de ocurrencia o encuentro con los elementos de los otros tres.
Yo los llamo:
El modelo tradicional: aferrarse a los usos y costumbres y a los ideales de felicidad de la comunidad más cercana, y de la familia en particular.
El sueño americano: una vez habiendo establecido las repeticiones y las oposiciones al ámbito tradicional, la "felicidad" se busca en una nueva unidad social, donde la función de los elementos que la componen priman sobre los elementos en sí. Es el caso de la búsqueda de "estabilidad emocional" en el rol de una pareja, junto con la "estabilidad económica" en un trabajo aceptable y "suficientemente" remunerado y la "estabilidad social" generada por la presencia de autos, hijos, mascotas y una vida social 'correcta'.
El modelo Wall Street, en donde la clave de la felicidad se confunde con la noción social más dura de éxito. Es donde el sujeto analiza su valor de acuerdo a la retribución social a su labor, en forma de dinero, prestigio u otras formas de poder.
El cuarto camino comienza en la negación de la premisa que articula la felicidad con metas socialmente predefinidas e imposiblemente preexperimentadas por el sujeto (que, sin embargo, muchas veces está tan ebrio de los encantos de la idea en sí, que desea rápidamente hallar los elementos que le otorguen la realización efectiva de su ideal, confiando en el poder de elementos externos a sí mismo para otorgarle un sentido vital y una solución permanente a su insatisfacción).
Este cuarto camino es, por lo tanto, un camino escéptico y sensible, introspectivo y artístico a la vez que conlleva cierta elaboración intelectual de temáticas existenciales. Un camino del individuo, de su descubrimiento en cuerpo y espíritu, en substancia simbólica consciente y no.
A los ojos de la sociedad este camino no "llega" a ningún lado, lo cual es cierto y conforma la premisa principal que sustenta su existencia. Por otro lado, todo sujeto está parcialmente enajenado, y es la disrupción entre su substancia y su construcción consciente como sujeto (construcción social y premeditada) lo que lo salva de una alienación total.
Además, el hombre puede desprenderse de prejuicios y cargas sociales hasta el límite articulado por su propio lenguaje, entramado simbólico que lo confina en parte a hablar a través de su cultura, y el límite establecido por su red social y su necesidad de valerse de ella y de los intercambios al menos, mínimos que se realizan entre sus miembros para subsistir.
A este punto, la pregunta es: ¿puede este camino no ser más que una negativa errática a los estereotipos, a una necesidad casi snob de establecer una diferencia frente al autómata, o es, por el contrario, una búsqueda exclusiva de la sublimidad, del placer hedonista conviviendo a su vez con la revelación trascendental de un alma, de la intensidad pasional y a la vez etérea de los más puro de la experiencia humana?
Probablemente la respuesta fluctuará entre una y otra alternativa, dependiendo del punto de vista de cada observador en diferentes momentos y estados de ánimo.
Cabe preguntarse, sin embargo, cuales estructuras el sujeto no consideraría legítimo deconstruir, y si una supuesta deconstrucción completa de los mundos felices occidentales y conocidos, no supondría tal vez, un acercamiento con el nihilismo, y con ello a una incapacidad de hallar goce en los eventos planeados o fortuitos, que en todos los casos son disfrutados meramente en la idea que se tiene sobre ellos y por por lo tanto crea un objeto previo de deseo, que se ve consumado en la creación de un símbolo donde el significado es de índole trascendental o reveladora y el significante es el ideal concreto construido a partir de los hechos que definen al real a vivenciar.
Acá la cuestión reside en la construcción simbólica y "arbitraria" (aunque pueda tener causas subconscientes en el individuo) de valor y de un para qué, para los cuáles sólo se cuenta con elementos de la sociedad en relación al individuo y su visión y sensaciones personales sobre ellos.
Sin lugar a dudas, una búsqueda no automática de la experiencia humana plena, supone una serie de cuestionamientos para quien se atreva a hacerles frente, a plena consciencia de hallar en ellos más de un momento de melancolía y absurdo. Sin embargo, hay en esa lucha una percepción de "verdad" vivenciada, ya sea de manera mística o artística que vuelve a la cuarta alternativa un camino irremediablemente atrayente e imposible de abandonar.
Ya dije que las metáforas son peligrosas. El amor empieza por una metáfora. Dicho de otro modo: el amor empieza en el momento en que una mujer inscribe su primera palabra en nuestra memoria poética. Milán Kundera
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