Ya dije que las metáforas son peligrosas. El amor empieza por una metáfora. Dicho de otro modo: el amor empieza en el momento en que una mujer inscribe su primera palabra en nuestra memoria poética. Milán Kundera
6.7.11
Hipérbola
Entonces me encontraste entre la marea de gente en esta noche perdida.
Pensé que nunca más volvería a suceder, digo... vos, yo y la noche.
Hacía tiempo que todo venía siendo igual, un ocaso tras otro, un antro, un bar, tal vez bailar, tal vez beber, tal vez fumar. Todo parecía haberse resumido a lo mismo, a esa inconsciencia aturdida, a esa lobotomía que todo tenía que ver con vos. Quisiste matarme con tu indiferencia y sólo lograste volverme loca.
Pero todos sabíamos que vos seguías perdido, caminando en la noche y en las callecitas angostas entre plaza y plaza, librado a la nada de tu cabeza plagada de todo ese dolor del que nunca te habías sabido liberar. Me necesitabas.
O tal vez no, tal vez nunca llegarías a necesitarme, pero me llamaste y te supe escuchar.
Insisto, había pasado mucho tiempo, ¿no?
Esa noche lucía cerrada. El dolor de cabeza nos oprimía a todos, el humo nos intoxicaba de a poco, y te vi otra vez.
Me viste, y te levantaste. Sentiste el roce de tu cuerpo y el mío una vez más y te diste cuenta que yo siempre había estado allí, pegada a tu pecho, sintiendo cada fatigado latido de tu corazón.
Pero,
risas y cigarros, todo pasó como si nada. Te quedaste pensando, me fui obstinada.
Sin embargo, las cosas nunca se terminan ahí nomás con vos. Todo sigue, se prostituye, se cansa, le da miedo y se va. Como vos.
Te acercaste entre la niebla y tanteando poco a poco cada pared humedecida de sudor, llegaste a mi cintura y te quedaste un rato más que siempre.
Tomaste mi mano y esperaste, a ver que pasaba. Tus ojos seguían amarillos y tus dientes oxidados.
Y ahí es donde empieza mi laguna.
Nos besamos contra esa pared que se caía a pedazos, tus manos se pasearon incansables por mi contorno, más reales y más etéreas que nunca. Tu lengua se perdió en los recovecos de mi boca, desesperada, buscando más, apretándonos contra la barrera que nos tenía separados desde hacía años. Sentiste mis manos caer al vacío y llevarse con ellas a tu cuello, a la parte más baja de tu cabeza, de tu cabello. Nos encontramos sólos y desesperados y juntos y apacibles otra vez.
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