6.5.13

De mujeres de ojos grandes

La tía Daniela se enamoró como se enamoran siempre las mujeres inteligentes: como una idiota. Lo Había visto llegar una mañana, caminando con los hombros erguidos sobre un paso sereno y había pensado: "Este hombre se cree Dios". Pero al rato de oírlo decir historias sobre mundos desconocidos y pasiones extrañas, se enamoró de él y de sus brazos como si desde niña no hablara latín, no supiera lógica, ni hubiera sorprendido a media ciudad copiando los juegos de Góngora y Sor Juana como quien responde a una canción en el recreo.
Era tan sabia que ningún hombre quería meterse con ella, por más que tuviera los ojos de miel y una boca brillante, por más que su cuerpo acariciara la imaginación despertando las ganas de mirarlo desnudo, por más que fuera hermosa como la virgen del Rosario. Daba temor quererla porque algo había en su inteligencia que sugería siempre un desprecio por el sexo opuesto y sus confusiones.
Pero aquel hombre que no sabía nada de ella y sus libros, se le acercó como a cualquiera. Entonces la tía Daniela lo dotó de una inteligencia deslumbrante, una virtud de ángel y un talento de artista. Su cabeza lo miró de tantos modos que en doce días creyó conocer a cien hombres.
Lo quiso convencida de que Dios puede andar entre mortales, entregada hasta las uñas a los deseos y las ocurrencias de un tipo que nunca llegó para quedarse y jamás entendió uno solo de todos los poemas que Daniela quiso leerle para explicar su amor.
Un día, así como había llegado, se fue sin despedir siquiera. Y no hubo entonces en la redonda inteligencia de la tía Daniela un solo atisbo de entender qué había pasado.
Hipnotizada por un dolor sin nombre ni destino se volvió la más tonta de las tontas. Perderlo fue una larga pena como el insomnio, una vejez de siglos, el infierno.
Por unos días de luz, por un indicio, por los ojos de hierro y súplica que le prestó una noche, la tía Daniela enterró las ganas de estar viva y fue perdiendo el brillo de la piel, la fuerza de las piernas, la intensidad de la frente y las entrañas.
Se quedó casi ciega en tres meses, una joroba le creció en la espalda, y algo le sucedió a su termostato que a pesar de andar hasta en el rayo del sol con abrigo y calcetines, tiritaba de frío como si viviera en el centro mismo del invierno. La sacaban al aire como a un canario. Cerca le ponían fruta y galletas para que picoteara, pero su madre se llevaba las cosas intactas mientras ella seguía muda a pesar de los esfuerzos que todo el mundo hacía por distraerla.
Al principio la invitaban a la calle para ver si mirando las palomas o viendo ir y venir a la gente, algo de ella volvía a dar muestras de apego a la vida. Trataron todo. Su madre se la llevó de viaje a España y la hizo entrar y salir de todos los tablados sevillanos sin obtener de ella más que una lágrima la noche que el cantador estuvo alegre. A la mañana siguiente le puso un telegrama a su marido diciendo: "Empieza a mejorar, ha llorado un segundo". Se había vuelto un árbol seco, iba para donde la llevaran y en cuanto podía se dejaba caer en la cama como si hubiera trabajado veinticuatro horas recogiendo algodón. Por fin las fuerzas no le alcanzaron más que para echarse en una silla y decirle a su madre: "Te lo ruego, vámonos a casa".
Cuando volvieron, la tía Daniela apenas podía caminar y desde entonces no quiso levantarse. Tampoco quería bañarse, ni peinarse, ni hacer pipí. Una mañana no pudo siquiera abrir los ojos.
-¡Está muerta! - oyó decir a su alrededor y no encontró las fuerzas para negarlo.
Alguien le sugirió a su madre que ese comportamiento era un chantaje, un modo de vengarse en los otros, una pose de niña consentida que si de repente perdiera la tranquilidad de la casa y la comida segura, se las arreglaría para mejorar de un día para el otro. Su madre hizo el esfuerzo de abandonarla en el quicio de la puerta de la Catedral.
La dejaron ahí una noche con la esperanza de verla regresar al día siguiente, hambrienta y furiosa, como había sido alguna vez. A la tercera noche la recogieron de la puerta de la Catedral con pulmonía y la llevaron al hospital entre lágrimas de toda la familia.
Ahí fue a visitarla su amiga Elidé, una joven de piel brillante que hablaba sin tregua y que decía saber las curas del mal de amores. Pidió que la dejaran hacerse cargo del alma y del estómago de aquella náufraga. Era una creatura alegre y ávida. La oyeron opinar. Según ella el error en el tratamiento de su inteligente amiga estaba en los consejos de que olvidara. Olvidar era un asunto imposible. Lo que había que hacer era encauzarle los recuerdos, para que no la mataran, para que la obligaran a seguir viva.
Los padres oyeron hablar a la muchacha con la misma indiferencia que ya les provocaba cualquier intento de curar a su hija. Daban por hecho que no serviría de nada y sin embargo lo autorizaban como si no hubieran perdido la esperanza que ya habían perdido.
Las pusieron a dormir en el mismo cuarto. Siempre que alguien pasaba frente a la puerta oía a la incansable voz de Elidé hablando del asunto con la misma obstinación con que un médico vigila a un moribundo. No se callaba. No le daba tregua. Un día y otro, una semana y otra.
-¿Cómo dices que eran sus manos? - preguntaba. Si la tía Daniela no le contestaba, Elidé volvía por otro lado.
-¿Tenía los ojos verdes? ¿Cafés? ¿Grandes?
-Chicos - le contestó la tía Daniela hablando por primera vez en treinta días.
-¿Chicos y turbios?- preguntó la tía Elidé.
- Chicos y fieros - contestó la tía Daniela y volvió a callarse otro mes.
- Seguro que era Leo. Así son los de Leo - decía su amiga sacando un libro de horóscopos para leerle. Decía todos los horrores que pueden caber en un Leo. - De remate, son mentirosos. Pero no tienes que dejarte, tú eres de Tauro. Son fuertes las mujeres de Tauro.
- Mentiras sí que dijo - le contestó Daniela una tarde.
-¿Cuáles? No se te vayan a olvidar. Porque el mundo no es tan grande como para que no demos con él, y entonces le vas a recordar sus palabras. Una por una, las que oíste y las que te hizo decir.
-No quiero humillarme.
-El humillado va a ser él. Si no todo es tan fácil como sembrar palabras y largarse.
-Me iluminaron -defendió la tía Daniela.
- Se te nota iluminada - decía su amiga cuando llegaban a puntos así.
Al tercer mes de hablar y hablar la hizo comer como Dios manda. Ni siquiera se dio cuenta cómo fue. La llevó a una caminata por el jardín. Cargaba una cesta con fruta, queso, pan, mantequilla y té. Extendió un mantel sobre el pasto, sacó las cosas y siguió hablando mientras empezaba a comer sin ofrecerle.
- Le gustaban las uvas - dijo la enferma.
- Entiendo que lo extrañes.
Sí - dijo la enferma acercándose un racimo de uvas -. Besaba regio. Y tenía suave la piel de los hombros y la cintura.
-¿Cómo tenía? Ya sabes - dijo la amiga como si supiera siempre lo que la torturaba.
- No te lo voy a decir - contestó riéndose por primera vez en meses. Luego comió queso y té, pan y mantequilla.
- ¿Rico? - le preguntó Elidé.
- Sí - le contestó la enferma empezando a ser ella.
Una noche bajaron a cenar. La tía Daniela con un vestido nuevo y el pelo brillante y limpio, libre por fin de la trenza polvorosa que no se había peinado en mucho tiempo.
Veinte días después ella y su amiga habían repasado los recuerdos de arriba para abajo hasta convertirlos en trivia. Todo lo que había tratado de olvidar la tía Daniela forzándose a no pensarlo, se le volvió indigno de recuerdo después de repetirlo muchas veces. Castigó su buen juicio oyéndose contar una tras otra las ciento veinte mil tonterías que la había hecho feliz y desgraciada.
- Ya no quiero ni vengarme - le dijo una mañana a Elidé -. Estoy aburridísima del tema.
- ¿Cómo? No te pongas inteligente - dijo Elidé-. Éste ha sido todo el tiempo un asunto de razón menguada. ¿Lo vas convertir en algo lúcido? No lo eches a perder. Nos falta lo mejor. Nos falta buscar al hombre en Europa y África, en Sudamérica y la India, nos falta
encontrarlo y hacer un escándalo que justifique nuestros viajes. Nos falta conocer la galería Pitti, ver Florencia, enamorarnos en Venecia, echar una moneda en la fuente de Trevi. ¿Nos vamos a perseguir a ese hombre que te enamoró como a una imbécil y luego se fue?
Habían planeado viajar por el mundo en busca del culpable y eso de que la venganza ya no fuera trascendente en la cura de su amiga tenía devastada a Elidé. Iban a perderse la India y Marruecos, Bolivia y el Congo, Viena y sobre todo Italia. Nunca pensó que podría convertirla en un ser racional después de haberla visto paralizada y casi loca hacía cuatro meses.
- Tenemos que ir a buscarlo. No te vuelvas inteligente antes de tiempo - le decía.
- Llegó ayer - le contestó la tía Daniela un mediodía.
- ¿Cómo sabes?
- Lo vi. Tocó en el balcón como antes.
- ¿Y qué sentiste?
- Nada.
-¿Y qué te dijo?
- Todo.
- ¿Y qué le contestaste?
- Cerré.
-¿Y ahora? - preguntó la terapista.
- Ahora sí nos vamos a Italia: los ausentes siempre se equivocan.
Y se fueron a Italia por la voz del Dante: "Piovverà dentro a l'alta fantasía."

Angeles Mastretta

2.5.13

Remando en el barro

Cuando las palabras llegan son siempre precisas y necesarias. Cuando llegan, antes de irme a dormir, mientras estudio, o en algún efímero momento de entre las horas y horas inertes que paso arriba de un micro larga distancia, surgen como una revelación de luz y calma, de belleza y armonía. Y siempre, así como vinieron, se evaporan. Y todo es tan rápido que al agarrar la hoja y el papel, ya develé el absurdo y su precisión se desmorona, se hace añicos ante la innecesidad que en realidad las gobierna.

Y al final, ya no son lo que quería.

Las palabras se me van en dichos; en monólogos y en diálogos. Se me escapan entre desconocidos y viejos amigos, se entretienen entre la gente como si no quisieran quedarse a solas conmigo,
se ponen en mi boca y me hacen probar lo dulce y lo amargo de su sabor. Y, por sobre todas las cosas, por mucho que intente cambiarlo, se rehúsan a llegar al papel.

Me recuerdan que yo no soy su dueña.

Me recuerdan que vine acá a existir. Me prometen que van a ser tan transitorias como mi cuerpo, que nada las va a deformar, ni a obligar a tener que sufrir el encadenamiento perpetuo de la tinta o de los pixels. Me recuerdan que somos libres. Que somos libres y estamos solas. Que no nos tenemos, ni yo a ellas, ni ellas a mí. Que la vida es otra cosa, pero que aún así duele, porque el dolor es más grande cuando ellas me faltan, y porque un poco extrañan vivir mansamente adormecidas entre mis papeles.

Pero hoy las necesito.

Ellas lo saben, y me miran acongojadas, tal vez les gustaría abrazarme, pero temen que las vuelva a capturar. Saben mejor que yo que si hoy las agarro, podrían ser mías para siempre. Y también saben del gran error humano de intentar explicarse y definirse como si el tiempo pudiera ser congelado, como si todos los ojos fueran uno solo y siempre vieran lo mismo, como si fuera verdad que algo es algo, y por eso no es también lo otro que llaman 'opuesto'.
Me miran y saben que estoy intentando tomarle una instantánea a mis emociones, y por eso me tienen un poco de lástima. Pensaban que ya me había dado cuenta que entre lo visible y lo invisible hay una relación sagrada que toda precisión pervierte.

'Sé más sutil' me dicen.

Más inexacta, más equívoca, más incompleta. Si todo es todo, y nada importa, entonces que nadie se fije si es verdad, que nadie se atreva a juzgar tus sinrazones. Saben, entonces, que quieren bailar sueltas entre haces de luces de dos mundos, y titilar a veces ancladas en una pantalla, pero sin estar completas, ni abandonar la irrealidad. Sólo van a brillar cuando yo sea libre, me dicen, porque un escritor libre nunca las amarra ni les pide explicaciones, porque jamás las llama, sólo se alegra de verlas llegar.

12.4.13

¿No te da miedo que ya no puedas dormir?

Ya no te importa qué está bien o qué está mal, vos no querías esto. Era cerrar los ojos y dejarte llevar, pero te fuiste yendo...
Cuando ya estés cansada y te quieras ir, y no quede más tiempo, resta vivir muriendo.
(Parece euforia y sólo es un grito de dolor, sólo te estás mintiendo).

¿Cómo llegué hasta acá? No presiento más, no tengo armonía.
No comprendo qué me falta todavía. No sé si pueda esperar. Sólo me queda una triste melodía, y no la quiero cantar. No hay dolor que duela más que el dolor del alma, no se aleja así nomás. Cosas lo hacen aliviar, pero no lo calman (¿a quién querés engañar?).
Y así son las cosas, así es esta vida. No me quiero conformar.
Vos tendrás tu forma, yo tengo la mía. (Sólo aprendo a lastimar).

12.3.13

Culpa

Me duele mucho la cabeza, tuve un día que terminó terrible, y creo que debería darme el lujo de expresar de alguna manera cómo me siento, aunque me llene de vergüenza y no dé más.
La culpa me está matando, y no hay nada que pueda hacer para sentirme más inocente. Me metí en un quilombo yo, y lo metí a un amigo que por lo que veo no tenía mucha idea que eso podía terminar mal. Doblemente culpa. Siento como si lo hubiera engañado y ahora sé que soy yo la que tiene que pagar los platos rotos. Nunca pensé que esto fuera a pasar, simplemente porque nunca me había pasado, y en parte, también, porque es difícil considerar a un acto tan tonto como algo condenable.
Pero las cosas ya están hechas, y todo mal porque involucran plata, que, sépase, no abunda.
Con él, entonces, me redimo aceptando el castigo.
¿Y con ella? ¿Cómo hago para hacerme responsable? ¿Cómo, si todo lo que hay en mi bolsillo es suyo?
¿Qué hago para no sentirme una persona horrible?

Take it easy, iremos viendo, por el momento, mejor duermo y ya.
PD: Quiero irme a un departamento desde que llegué. Realmente sabía que esto no daba para más.

2.2.13

Así va la cosa




Su triste y pobre existencia. Solitaria. Lo amaba porque seguía estando a su lado y porque ambos amaban a alguien más. Lo amaba más hoy porque sentía por todos lados, por todos los ojos y por todos los poros de todas las casas de las ciudades que los pensaron, que hoy él era amado por muchas otras.

Triste y rezagado. Su existencia se pasea impasible por las ruinas de sí mismo. No le gusta el término amar porque sabe que hace mucho daño si uno lo deja libre. "Evita el dolor y le huye, decide que no existe" y ésta es la causa del dolor más grande.

25.1.13

Las cosas como son. Las cosas, ¿cómo son?

Dois coisinhas:

1. Ya no me da la cara para decir que esto se terminó acá porque nunca "se termina acá", sin embargo por primera vez me siento extraña al pensar en mis sentimientos. Casi incómoda.
No digo que no haya pasado por diversos momentos y tipos de enamoramiento y que después no haya desembocado en períodos largos e inevitables de negación, enojo y una especie de olvido medio forzado, medio desesperado, medio por obligación. Pero, mm... esta vez no estoy hablando exactamente de ninguna de las dos cosas.
Es más bien una sorpresa, una duda, una descontextualización, una falta de empatía hacia mí misma. Una pregunta: "¿en serio estaba tan hasta las manos?"
¿Por qué me resulta tan raro de repente? Pará, pará, pará... ¿Ya no es más así o qué?
Y bueno, capaz que no. En una de esas esto exigió mis sentimientos hasta su punto máximo y el resto es languidecer. ¿O es que es la lucidez antes del final y ahora va a pasar algo que dé vuelta todo? Lo más extraño es que no sé si sigo queriendo eso que estaba segura de desear más que a nada. Me entristece pensar que algo tan tangible, corpóreo e indiscutible durante tanto tiempo se pueda desvanecer así, con un par de verdades a la cara, con una charla desmotivadora, con tanta certeza toda junta.

Se pinchó la ilusión, se ve.

2. No tengo nada más que hacer. A lo largo de tres años y medio me obstiné con sacar algo en limpio de nuestra relación o al menos de tu relación con vos mismo. Sufrí por las dudas que no me dejaban dormir (o me hacían soñar inevitablemente con vos dos veces por semana), te aconsejé, te seguí, te escuché, te forcé y te perseguí como una stalker para que reaccionaras. Hice todo lo que estuvo a mi alcance, con sus aciertos y desatinos de mujer insistente y enamorada.
Pero más que nada: te romanticé, para seguir adelante, para aceitar la rueda. Te creí capaz de dar the third act twist, ése en el que obtuvieras conciencia repentina, ganas de pensarte y cambiar. De mejorar. De ser feliz.
Qué prepotencia la mía.
Porque en realidad, cuando te ofrecí mi ayuda hace tres años y cuando lo volví a hacer hace una semana, la negaste de la misma manera. Con las mismas palabras. Y estás en todo tu derecho. Quién soy yo para juzgar progresos, está bien.
Pero por eso, repito, no tengo nada más que hacer.
Lamentablemente ahora debo aceptar más que nunca que estás solo. Así como me dijiste que querés aunque te haga mal y te cueste mucho.

Mi oído va a estar siempre, porque así soy yo, pero ya está, te suelto la mano pibe.
Y haber resuelto esto, ¿sabés?, desestimula bastante.

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