Cuando las palabras llegan son siempre precisas y necesarias. Cuando llegan, antes de irme a dormir, mientras estudio, o en algún efímero momento de entre las horas y horas inertes que paso arriba de un micro larga distancia, surgen como una revelación de luz y calma, de belleza y armonía. Y siempre, así como vinieron, se evaporan. Y todo es tan rápido que al agarrar la hoja y el papel, ya develé el absurdo y su precisión se desmorona, se hace añicos ante la innecesidad que en realidad las gobierna.
Y al final, ya no son lo que quería.
Las palabras se me van en dichos; en monólogos y en diálogos. Se me escapan entre desconocidos y viejos amigos, se entretienen entre la gente como si no quisieran quedarse a solas conmigo,
se ponen en mi boca y me hacen probar lo dulce y lo amargo de su sabor. Y, por sobre todas las cosas, por mucho que intente cambiarlo, se rehúsan a llegar al papel.
Me recuerdan que yo no soy su dueña.
Me recuerdan que vine acá a existir. Me prometen que van a ser tan transitorias como mi cuerpo, que nada las va a deformar, ni a obligar a tener que sufrir el encadenamiento perpetuo de la tinta o de los pixels. Me recuerdan que somos libres. Que somos libres y estamos solas. Que no nos tenemos, ni yo a ellas, ni ellas a mí. Que la vida es otra cosa, pero que aún así duele, porque el dolor es más grande cuando ellas me faltan, y porque un poco extrañan vivir mansamente adormecidas entre mis papeles.
Pero hoy las necesito.
Ellas lo saben, y me miran acongojadas, tal vez les gustaría abrazarme, pero temen que las vuelva a capturar. Saben mejor que yo que si hoy las agarro, podrían ser mías para siempre. Y también saben del gran error humano de intentar explicarse y definirse como si el tiempo pudiera ser congelado, como si todos los ojos fueran uno solo y siempre vieran lo mismo, como si fuera verdad que algo es algo, y por eso no es también lo otro que llaman 'opuesto'.
Me miran y saben que estoy intentando tomarle una instantánea a mis emociones, y por eso me tienen un poco de lástima. Pensaban que ya me había dado cuenta que entre lo visible y lo invisible hay una relación sagrada que toda precisión pervierte.
'Sé más sutil' me dicen.
Más inexacta, más equívoca, más incompleta. Si todo es todo, y nada importa, entonces que nadie se fije si es verdad, que nadie se atreva a juzgar tus sinrazones. Saben, entonces, que quieren bailar sueltas entre haces de luces de dos mundos, y titilar a veces ancladas en una pantalla, pero sin estar completas, ni abandonar la irrealidad. Sólo van a brillar cuando yo sea libre, me dicen, porque un escritor libre nunca las amarra ni les pide explicaciones, porque jamás las llama, sólo se alegra de verlas llegar.
Ya dije que las metáforas son peligrosas. El amor empieza por una metáfora. Dicho de otro modo: el amor empieza en el momento en que una mujer inscribe su primera palabra en nuestra memoria poética. Milán Kundera
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