Parece que hicieran siglos que te espero. Sentada en un banco de plaza, tamborileando mis dedos en el pasamanos de la escalera, contando los segundos que me lleva subir en el ascensor de regreso a casa y en el instante de verme ebria al espejo cada sábado por la noche.
Lo curioso es que no te conocí sentada en la plaza al levantar la vista de mi libro, ni en mis largos viajes en escalera camino al aula, y, por suerte, tampoco te vi por primera vez ebria después de verme al espejo. Es curioso, sí, que la primera vez que te vi en realidad no te haya visto a vos sino a alguien más. Lucías como si fueras una estatua, un monumento rígido y estoico que hablaba de mí, con voces de pasados y recuerdos. Y como todo lo que me traías a la mente, la primera vez que me viste, tu mirada no se posó ni un segundo en la mía y seguiste de largo, enfrascado en tus pensamientos y en tu propio presente.
En realidad, todavía te espero en las plazas, en las escaleras y en los ascensores y ojalá algo te trajera hacia mí algún sábado por la noche. Todavía espío entre las mesas y entre los árboles con sigilo, deseando ver el brillo de tus ojos dirigiéndose hacia mí, reconociéndome entre el tumulto. Imagino que sabés mi nombre, que estás contento de verme, que tus besos de bienvenida me reciben cada día con más entusiasmo.
En algún lugar de mí, sé que mis esperanzas son vanas y que seguramente estás con ella, cualquiera sea su nombre, ella que nunca te ha soñado de los libros como yo. Disfruta tu presencia y en su interior esta realidad es casi mundana, casi desprovista de toda magia y de todo el misterio que es en realidad que estés allí, tomándola de la cintura y hablándole al oído.
Pienso también aquellos que son tus amigos, tan acostumbrados a verte semanalmente como yo a esperarte con la vista perdida. ¿Saben ellos acaso algo de vos y de mí?
¿Saben, entonces, cuando venís? Porque sé que al final llegás, cuando sabés que no te espero, y no sé si sabés mi nombre, pero tu sonrisa me dice que estás contento de verme y que hay un lugar que es tuyo en todos los bancos de plaza, en todos los pasamanos, en todos los ascensores, en todos los bares y en todos los recuerdos que te evocan allí.
Ya dije que las metáforas son peligrosas. El amor empieza por una metáfora. Dicho de otro modo: el amor empieza en el momento en que una mujer inscribe su primera palabra en nuestra memoria poética. Milán Kundera
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Entradas populares
-
Bueno... supongo que necesité todo el día para hacer esta entrada, si la hubiera hecho hace una hora, o hace cinco, hubieran sido muy distin...
-
sí, a vos, ¿por qué no? no tengo motivos para odiarte, para olvidarme... vos tal vez sí... no sé, nunca me lo dijiste, pero yo no. ¿seguiré...
-
Y cada tanto vuelvo, porque a nadie le basta irse. Y menos de nosotros, en otras manos, en otro papel, donde se termina la magia.
-
Ocean Soul - Nightwish One more night to bear this nightmare. What more do I have to say? Crying for me was never worth a tear, my lonel...
-
A veces necesito creer que soy especial para alguien, ALGUIEN.
-
Y ya no quedan dudas... después de este enigmático 30 de diciembre del 2009 se sucederá el 31 y ya estará claro. El año habrá terminado a la...
-
- Te hacés la que escribís y encima le crees a los que te dicen que lo hacés bien. Escribís una historia pedorra, veinte líneas y ya te ...
-
Esta canción me da cierta sensación a... noche, a su adrenalina en realidad. Y el video simplemente, me encanta. PD: Hay días que m...
-
"I understand feeling as small and as insignificant as humanly possible. And how it can actually ache in places you didn't know ...
-
Estamos tristes porque queremos estar tristes y porque no lo podemos evitar. Porque lo preferimos, antes que salir a lo incierto. O porque d...
No hay comentarios:
Publicar un comentario