Ya dije que las metáforas son peligrosas. El amor empieza por una metáfora. Dicho de otro modo: el amor empieza en el momento en que una mujer inscribe su primera palabra en nuestra memoria poética. Milán Kundera
22.10.12
Inside she's broken
En el sueño yo volvía a la escuela. Pero la escuela no era mí escuela, era sucia y sombría. Y ahí mismo te veía, eras parte de mi clase que ya terminaba. Y me acercaba a preguntarte si estabas enojado conmigo, y vos corrías a refugiarte en los brazos de tu familia y me gritabas. Sí, me gritabas que yo te molestaba.
Entonces yo me iba, comía (recuerdo que me costó bastante elegir qué), y me juntaba con una amiga.
Con ella me quedaba en una casa de madera que de repente se empezaba a inundar. Por la ventana entraba un caudal impresionante de agua en todas direcciones y nosotras nos desesperábamos mientras todo se caía a pedazos.
Me fui, y aparecí con otra amiga que no conozco. Charlábamos en el ascensor de su edificio, pero de repente la abandoné porque me había llegado un mensaje tuyo. Ese mensaje me decía que ahora sí podíamos hablar porque estabas solo, y que yo podía ir a visitarte antes que te fueras (no teníamos más que un par de horas).
Iba hasta tu casa. Unas calles de Rosario que conozco mucho y obviamente en la vida real no llevan hasta ahí, me guiaban.
Lo extraño es que tu casa empezaba en un primer subsuelo, y el living estaba en el rellano de una escalera doble, que conducía hacia los lados (la superficie, de donde venía, y un sótano aún más profundo).
Te veía llegar, me ignorabas. Tu hermana no, de hecho me preguntaba si yo era real y me pedía que le hablara, que le confirmara que yo estaba ahí realmente. Luego ella me conducía a un piso más abajo, donde un caudal enorme de amigos y conocidos me acechaban por todas partes. Ahí entendía que parecía haber llegado a un fiesta. Gente mirando la tele, jugando a la play, haciendo música, y a vos ya te había perdido de vista.
Por inercia seguí bajando hasta llegar a salones más grandes e iluminados, llenos de túneles y pruebas difíciles de sortear que me llevaban a distintos niveles y me angustiaban muchísimo.
Hasta que por fin volvía a las escaleras dobles con rellanos. Y ahí te encontraba, estabas hablando de música con alguien más. Y me veías, pero me ignorabas hasta el exacto momento de pedirme que no siga bajando, que me quedara en ese piso con vos.
La sala se llenaba de músicos y vos, cual director de orquesta, levantabas tu brazo (la piel arruinada y envejecida, la carne consumida) y me señalabas mi piano.
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El piano era muy pequeño para mi tamaño, pero obviaste el detalle y me dijiste: '¿Qué esperás? No te quedes acá, andá'.
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