Y se desespera por emprender el viaje. Sube, baja, busca. Sus pasos se ven silenciados cada tanto por la duda, pero luego vuelven a sonar y a dar vueltas por la casa. Usa un listón celeste en su cabello y no se molesta en voltear hacia donde estoy yo.
La observo, las tablas de su pollera ondean suavemente con el ritmo de su paso. Cada vez que la miro, veo al águila asomarse. Ella no la ve, pero está ahí.
Parece feliz, canturrea en voz baja, marca un tímido ritmo con su pie que hace estremecerse al viejo parquet y chirriar algunas aberturas. Pero no le importa, está a punto de irse y todo se ve tan bien.
Menos yo, que parezco enfermo o profundamente cansado, mucho más viejo de lo que en realidad soy. Mucho más viejo que 14, porque me estoy quedando solo.
Finalmente su figura da una vuelta grácil sobre sí misma y me observa radiante.
Intento sonreírle por detrás de mi libro, pero el recuerdo del águila batiendo las alas sobre su cabello me distrae.
- Bueno... supongo que me iré - me dice aun con su sonrisa brillante de oreja a oreja.
- Eso creo - le contesto a duras penas, estaba experimentando crecientes ganas de vomitar.
- ¿Qué es esa cara? ¡Vendré a visitarte, no te preocupes! - había empezado a dar pasitos de baile alrededor de mi sillón y me volvía loco con su perfume de flores agitando el aire.
Por supuesto que vendría a visitarme, esta era la casa de sus padres. Vendría a visitarlos a ellos. Y tal vez yo seguiría aquí.
O tal vez el águila me hubiera llamado para ese entonces.
No, eso era definitivamente un delirio. Seguí con la vista adherida a la página de mi libro y evité mirarla. Sus movimientos gráciles invadiendo la sala habían empezado a incomodarme.
- ¡Ven primo! Dame un abrazo de despedida antes que bajen papá y mamá, ¡yo no muerdo! - sus 18 años parecían haberle dado cierto coraje para tratarme como a un niño.
- No me llames "primo". Tú y yo...- no éramos exactamente primos, y eso también me molestaba. Nuestros padres eran primos y su padre había aceptado mi crianza cuando se enteró de la enfermedad del mío.
- Es verdad, cierto que no te gusta sentirte familiar mío. Supongo que primos es demasiado para tí - Roxane estaba exagerando, como siempre. Le gustaba hacer pequeños dramas acerca de ese asunto, provocar mi inexorable silencio con frases de doncella en apuros. Más bien de prima en apuros.
No le hice caso, después de casi 11 años, había aprendido a ignorar la verdad de todo este asunto. Era sólo otra tarde más en aquella casa frente al mar.
Ya dije que las metáforas son peligrosas. El amor empieza por una metáfora. Dicho de otro modo: el amor empieza en el momento en que una mujer inscribe su primera palabra en nuestra memoria poética. Milán Kundera
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