¿Estaré muerta o todo esto es un sueño? Me siento caer, la noche ya no es tan fría y vertiginosa en azul.
Hay un negro, un amarillo, que me perturban...
Abrí los ojos infinitamente mientras me ahogaban y no entendía porqué.
Las fibras de mi cuerpo no respondían al agua igual que al tequila, se bañaban en un vomito helado y se volvían a entumecer en ciclos, en golpes, en calambres, en latidos esporádicos de mi corazón. ¿Qué pasaba?
Un
- ¿Estás bien?
retumbo en mi oído y me encogí repentinamente. Algo en mí volvió a circular, el entumecimiento instantáneamente sucumbió ante el reavivamiento de mis sentidos y me senté casi por acción refleja. Hacía mucho que no experimentaba la sensación de desmayarme.
- Mmm... sí, gracias - respondí a la nada, aturdida y sin mirar.
Mi voz sonó pastosa y lenta y así corroboré una vez más, que mi mente y mi cuerpo eran dos mundos distintos peleando por sobrevivir al unísono.
Luché por pararme y caminé a tientas las dos cuadras que me separaban de mi cueva, dejando atrás una tropa de perplejidad y de miradas insomnes.
Busqué torpemente las llaves, con mis dedos deslizándose entre mi cartera y el zaguán, haciendo ademanes grotescos, contradiciendo al cúmulo de pensamientos que se agolpaban contra la puerta y pedían entrar de una vez, volcarse contra el patio delantero y desagotarse por fin en la sala de estar.
Entré.
Entré y me deshice contra la pared en un grito agónico de confusión, dolor y otra noche que se me había ido. Rogué encontrarte en la película gastada de mi mente, en ese encuentro, y volverte a ver. Verte siempre en tumbos de recuerdos de noches gastadas de mi mente en ese encuentro, volverte a ver, verte siempre.
Ya dije que las metáforas son peligrosas. El amor empieza por una metáfora. Dicho de otro modo: el amor empieza en el momento en que una mujer inscribe su primera palabra en nuestra memoria poética. Milán Kundera
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